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on nocturnidad y bajo estrictas medidas de seguridad llegó la mayor joya del arte ibérico a su tierra de origen el 16 de mayo de 2006. A pesar de las horas y a sabiendas de que sólo iban a ver un furgón blindado, mil ilicitanos se agolparon frente al Palacio de Altamira para aplaudir a su Dama. Durante los seis meses de cesión temporal, más de 380.000 personas pasaron, en grupos de doce y tras largas esperas, por la Torre del Homenaje para admirar durante unos minutos esa belleza esculpida en piedra caliza. No pocos visitantes se emocionaron hasta las lágrimas.
Elche ha intentado repetir aquella experiencia, pero siempre topa con la cerrazón del Gobierno central. En el 125 aniversario del hallazgo de la efigie, en 2022, el Ayuntamiento rindió homenaje a la mujer que autorizó la mudanza. «Hice lo que debía hacer: llevar la Dama donde más la quieren y la sienten, que es en Elche», declaró Carmen Calvo. La entonces ministra de Cultura tomó la decisión en un alarde de valentía política, ya que se impuso al rechazo de los técnicos de su Departamento y del Museo Arqueológico Nacional (MAN). Eso sí, el plan de viaje fue exigente y minucioso.
Las Glosas Emilianenses que desde 1978 reclama La Rioja «son 'Las meninas' de la Real Academia de la Historia (RAH)». A esa metáfora recurre su directora, Carmen Iglesias, para zanjar su oposición al traslado del Códice 60. El cuadro de Velázquez, obra cumbre de la pintura universal, está catalogado en el Prado como 'no prestable' por motivos de protección, los mismos que arguye la historiadora para no sacar de su cámara acorazada el libro copiado a mano por un monje en el monasterio de Suso, con esas acotaciones que constituyen el texto más antiguo identificable como castellano incipiente.
¿Y si los riojanos dan la vuelta al argumento de la condesa de Gisbert? «Las Glosas son nuestra Dama de Elche». Si el busto de piedra caliza, datado entre los siglos V y IV antes de Cristo, regresó al Arqueológico sin un solo arañazo, el códice de pergamino del siglo IX después de Cristo, con esas singulares anotaciones añadidas en el X, también puede ser expuesto con todas las cautelas en el lugar en el que fue escrito.
Nada es comparable a la emoción de estar ante lo auténtico. El nuevo facsímil que reproduce con la máxima fidelidad el Códice 60 es a las Glosas Emilianenses lo que la neocueva de Altamira es a la gruta original, considerada la Capilla Sixtina del Paleolítico. Las guías que acompañan a los visitantes en Cantabria lo explican muy bien: «La réplica es para conocer. La cueva es para sentir».
La sala de las pinturas rupestres de Altamira, Patrimonio Mundial, está monitorizada y sometida a una vigilancia y un control extremos. Mantenerla cerrada es lo más seguro y así permaneció durante doce años. En 2014 se consintió su reapertura al público en condiciones muy restringidas: sólo cinco personas por semana seleccionadas por sorteo cada viernes entre quienes compraban la entrada para el Museo. El Patronato de Altamira entendió que era un sinsentido clausurar una obra excepcional por los siglos de los siglos para preservarla si nadie podía disfrutar de ella.
Los ojillos de Pascual de Gayangos y Arce debieron de brillar de codicia intelectual cuando, en 1851, descubrió en una habitación tapiada de Yuso 64 libros antiguos, algunos iluminados con colores tan vivos como su mirada. La Real Academia de la Historia lo había comisionado para que recabara todos los manuscritos y documentos valiosos que aún quedaban en conventos y abadías. Nada pudo disuadir a este bibliógrafo, tan erudito como pícaro, de husmear en el monasterio de San Millán hasta que dio con el cuartito aledaño a la biblioteca. Su ojo experto y entrenado captó enseguida que se hallaba ante «la más antigua y mejor colección de códices de España».
Gayangos arrambló con todo, incluido el pequeño y tosco volumen glosado, y actuó con premeditación al no informar de sus intenciones ni al gobernador civil de Logroño ni al obispo de Calahorra. Fue en Briviesca, de camino, donde firmó la carta remitida al director de la RAH en la que presumía de su proceder. «Me revestí de autoridad, a pesar de las observaciones del buen 'frayle'», el pobre religioso de turno que vio cómo acarreaban el tesoro libresco repartido en sacos.
Tal y como descubrió Manuel Gómez-Moreno en 1911, el Códice 60, escrito en latín, muestra en los márgenes y entre renglones apuntes en romance y en euskera. Es el primer testimonio literario del castellano medieval. Es único en el mundo. «Si eso no nos llena de orgullo, ¿qué nos llena de orgullo?», se pregunta el historiador Javier García Turza. La Rioja pide que el libro regrese solo durante unos meses a San Millán en 2026. «Si no hay una reacción popular, esto no tiene mucho sentido», advierte el filólogo Claudio García Turza.
Fue el clamor de Elche lo que tiró de su Dama. Uno de los requisitos para el préstamo obligó a instalar en la estancia que acogía el busto ibérico una cámara que transmitía imágenes en tiempo real al MAN. La directora de la institución, Rubí Sanz, tan remisa al traslado de la pieza arqueológica como lo es hoy Carmen Iglesias con las Glosas, se rindió a la evidencia de que «el amor de los ilicitanos por la Dama es asombroso». Como periodista, tuve el privilegio de ser una de las primeras personas en ver la efigie en Elche en 2006, y lo que más recuerdo es la euforia en las caras de la gente.
En Santillana del Mar, en 2015, después de probar suerte en cuatro visitas al Museo de Altamira, salió mi papeleta de la urna y logré entrar en la cueva original, allí donde estuvo 15.000 años antes el genio, hombre o mujer, que pintó con pasmosa maestría esos bisontes que siguen colorados, saltones y brillantes. Para acceder a la Sala de Polícromos, hay que descender unos peldaños. «En veintitantos años, no ha habido ni un solo día en el que no se me hayan puesto los pelos de punta al bajar el último escalón. Ahí dentro hay más que arte». La confesión es de Isabel Estrada, una de las guías que nos condujo a los cinco afortunados del día. De eso se trata, de sentir.
Créditos
Textos: Jonás Sáinz, Pío García, Estíbaliz Espinosa
Ilustraciones: Manuel Romero
Diseño Juan Antonio Salazar, Estela López, Luciano Coccio, David F. Lucas
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Álvaro Soto | Madrid y Lidia Carvajal
Javier Campos | Logroño
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