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Jacinto, a la izquierda, en labores de armado y forjado de la estructura del Opera House, con la bahía de Sídney al fondo. ÁLBUM FAMILIAR
Al otro lado del mundo

El riojano que forjó el Opera House de Sídney

Jacinto Tricio, natural de Santa Coloma, trabajó en el encofrado del icónico edificio cuya silueta junto a la bahía cumple 50 años en octubre

Domingo, 15 de octubre 2023, 20:30

O bien una historia sobre la emigración o bien un recuerdo personal a título póstumo o por el simple ejercicio periodístico de la memoria y de unir todas las piezas con la simple excusa del 50 aniversario de la inauguración del Opera House de Sídney. Aquel 20 de octubre de 1973 tenía un invitado especial entre los miles de asistentes al acto. Allí se encontraba un riojano, al menos uno que sepamos, y que había puesto sangre, sudor e ilusión en la construcción del emblemático edificio.

Jacinto Tricio Pérez, natural de Santa Coloma, emigró a Australia en 1959. Allí desarrolló diferentes trabajos en distintas ciudades. Las cosas no estaban bien por aquí. Esto no era nuevo. Media Rioja lo sabe, lo conoce de oídas, de cerca o en la propia piel. Jacinto empezó en trabajos muy físicos. La caña de azúcar, en el norte de Australia, exigía físico y destreza. Se ganaba dinero, cómo no, pero era extenuante moverse por los campos de Queensland. Desconocemos la motivación de Jacinto para desembarcar en Australia y ya no es posible preguntárselo, pero del recuerdo de familiares y las fotos que presta su sobrina se puede inferir que se trataba de un hombre trabajador e inquieto. Sus habilidades como encofrador-carpintero (cita su cuñado Serapio Lacalle, que es quien aporta los datos sobre Jacinto) encontraron acomodo en la construcción. Gobernar el hormigón era su cometido para ocupar el cargo de jefe de obra, entre otros sitios, en la edificación de uno de los edificios más simbólicos del mundo. También fue un miembro muy activo del Spanish Club de Sídney. Se casó con una asturiana y, ya de regreso a España, fue a vivir a Gijón. Allí, en la catedral de esa localidad asturiana, yacen los restos de ambos.

Jacinto trabajó duras jornadas en la caña de azúcar en Queensland. / En el Club Español, junto a Orantes, en una cita de la Copa Davis.
Imagen secundaria 1 - Jacinto trabajó duras jornadas en la caña de azúcar en Queensland. / En el Club Español, junto a Orantes, en una cita de la Copa Davis.
Imagen secundaria 2 - Jacinto trabajó duras jornadas en la caña de azúcar en Queensland. / En el Club Español, junto a Orantes, en una cita de la Copa Davis.

«Si las cosas no se hubieran torcido quizá seguiríamos allí»

Serapio Lacalle, en la actualidad. A la derecha, con su hija Rosa, en el Open House. Album familiar

Serapio Lacalle nació en Baños de Río Tobía y su principal seña de identidad es su inabarcable amabilidad. De las charlas junto a un café (bien caliente y sin espuma)surgen los comentarios más jugosos, de esos que se tejen poco a poco. «Nos fuimos mi mujer y yo a Australia porque nos llamó mi cuñado Jacinto, que llevaba allí unos años. Fuimos a principios de los 70 y allí pasé los años más felices de mi vida», recuerda con viva emoción hasta apuntar que «de no haberse torcido las cosas quizá... quizá seguiríamos allí», expresa mientras evoca la mala suerte con la enfermedad de su esposa.

«Empecé en la construcción. Me echaron en cinco días. No sabía nada, ni el idioma, creo que fue lo mejor que me pudo pasar. Después llegué a una empresa de soldadura. Yo aquí era soldador y eso se me daba bien, es más, controlaba unas máquinas que ellos tenían y nadie usaba. Eso me granjeó conexión con los jefes, pero algún compañero lo entendió como una competencia hacia ellos», y añade que «nunca me sentí maltratado por ellos. Hombre, siempre hay alguno que un día... pero no», zanja rápidamente. Yo viví allí feliz, como en mi propio país».

Después de éste pasó a trabajar de ayudante de cocina en una universidad. «Te puedes imaginar. Al principio te pasas el día limpiando cacharrería, pero yo me fijaba en las labores y era curioso. Vaya, que se me daba bien. Poco a poco fueron dándome más responsabilidades. Yo nunca las rehuí. Pasaron los años y me ofrecieron una mejora, pero en la otra parte del país, al norte de Perth. Me engañaron. Prometieron unas cosas y la realidad fue otra y allí no había nada salvo el hotel donde estuve trabajando, por eso volvimos a Sídney y continué de cocinero para la General Motors. Estuve muy bien, la verdad».

Serapio recuerda la época con mucho cariño porque vino al mundo su hija Rosa y porque las cosas rodaban bien. Compró coche, casa... «Íbamos al Spanish Club y lo pasábamos bien. Comida, bebida, baile, amigos...», era una época fantástica, y económicamente no teníamos queja. Mi cuñado Jacinto se volvió a España con su esposa y nosotros seguimos hasta que claro, la enfermedad de mi mujer nos hizo cambiar los planes, venderlo todo y volver a Logroño.

Ya en la capital riojana llegó su segundo hijo y el gobierno de un bar que, cómo no, bautizó Koala's y que funcionó hasta su jubilación. Durante la charla saca del bolsillo las chapas que le permitían el acceso como socio al Club Español y una moneda del 200 aniversario del descubrimiento de Australia por el capitán Cook, aunque la historia real sea otra y motivo de otro reportaje.

El arquitecto que no estuvo en la inauguración de su gran obra

La silueta del Opera House de Sídney muestra todo su esplendor junto al mar.

La torre Eiffel, el Taj Majal, Petra, las pirámides, la gran muralla... en definitiva, obras hechas por el hombre y que han conseguido traspasar el fin para el que fueron construidas. El Opera House está en esta lista por méritos propios. Su estilizada forma y proporciones, su ubicación y su propósito le han llevado a convertirse en el edificio más moderno catalogado como Patrimonio de la Humanidad en 2007, pero su construcción no fue un camino de rosas. Las sinuosas formas de sus 'velas' obligaron a constructores y fabricantes a ingeniárselas con aplicaciones informáticas que hoy parecen lógicas, pero hace cincuenta años era algo de ciencia ficción. Las cúpulas, sacadas como gajos de una naranja (de la misma naranja) fueron esculpiendo el espacio de Sídney a la vez que se gestaban tensiones entre los diferentes gobiernos y el arquitecto danés Jorn Utzon, celoso de su trabajo y poco dispuesto a compartir sus ideas con el resto.

La idea del edificio se gestó en los años 40, acudió al concurso de ideas en 1955 y fue elegida como opción ganadora en 1957. Acabó en 1973 y se inauguró el 20 de octubre con la presencia de la reina Isabel II de Inglaterra, no en vano era también la jefa de Estado en Australia, mientas sonaba la novena de Beethoven. El edificio acabó superando el presupuesto inicial en un 1.400% y en su interior se pueden crear 800 ambientes diferentes. Otros números llamativos son el más de un millón de azulejos autolimpiables con los que está construida su techumbre y que en uno de su cinco teatros interiores está el órgano mecánico más grande del mundo con 10.000 tubos.

«Me es indiferente cuánto cuesta. Me es indiferente cuánto tiempo lleva. Me es indiferente el escándalo causado. Eso es lo que quiero», dijo Utzon antes de despedirse.

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