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De cuando en cuando, despunta una serie que, por lo que sea, sobresale de toda esa ingente oferta audiovisual que tenemos. Y se distingue entre ... esa montaña de títulos porque tiene algo que nos mueve (a veces no sabemos ni explicar el qué) y que nos lleva a comentarla en casa, en el trabajo, en el grupo de amigos y también, como no, a analizarla en los medios de comunicación y las redes sociales.Es decir, aparece en todos estos 'termómetros' sobre los intereses de la gente.
La última producción que se ha colado en todos y cada uno de estos escenarios es 'Adolescencia' (Netflix). ¿Por qué? Para no hacer 'spoilers' letales, lo resumiremos diciendo que todo gira en torno a un crimen, un chaval de 13 años y su familia. Como trasfondo, incide en el hecho de que los adultos sabemos de los adolescentes menos de lo que creemos –emojis solo comprensibles para los de su generación, palabras y conceptos que ellos manejan y los adultos no...– y esto es, precisamente, lo que ha aterrado a los padres y madres que la han visto.Así que estos días muchos progenitores tienen más fresca que nunca la sempiterna duda sobre si lo están haciendo bien con sus hijos en esa etapa de su vida tan llena de turbulencias.
Lo cierto es que la adolescencia genera un pequeño (o gran) cataclismo en casi todas las familias, con broncas, desencuentros, portazos, palabras gruesas... y, oh, sorpresa, la 'culpa' de esta marejada no solo la tienen los chavales –esos seres de hormonas locas y ánimo cambiante–: los padres y madres cometemos (a veces con la mejor intención, vale) fallos garrafales en la gestión de ese momento vital tan complicado. Dos expertos nos explican cuáles son los más comunes.
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«Muchos padres así lo hacen, se fijan en lo que va mal, en lo que le queda al adolescente por avanzar... y, si te centras en algo, lo expandes», desvela Vicent Ginés, docente de la Universidad de Valencia, formador de profesorado y experto en adolescencia. Pone un ejemplo: si el adolescente es un folio en blanco y solo nos fijamos en un punto rojo que tiene (el error), no le estamos haciendo ningún favor.Y a nosotros tampoco. «Debemos empezar a centrarnos en el acierto y en 'bieninterpretar', porque todo es bieninterpretable», asegura. ¿Todo? Sí, nos resultará extraño, pero se puede.
Otro ejemplo: «¿Tiene su cuarto todo desordenado? Bien, dale las gracias porque al menos ha colgado la chaqueta». Puede que ahora mismo estemos muchos padres y madres arrugando el morro... Normal, porque lo de destacar lo bueno en medio de toooodo lo malo es una herramienta que nos resulta insólita.¡Pero de probada eficacia! «Es algo conductual: si queremos que se expanda lo positivo, vamos a centrarnos en lo positivo». Aunque a veces cueste.
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¿Quién tiene esta confusión? ¡Siempre echamos en cara a los adolescentes que se creen con derecho a todo y que no son conscientes de la suerte que tienen! Pero, en realidad, somos los padres quienes tenemos problemitas para distinguir estos dos conceptos. «El caso del móvil, por ejemplo. Todos tenemos claro que es un privilegio, pero, entonces, ¿por qué, si les castigamos, se lo quitamos (eso hace ver que es un derecho), en lugar de premiarles con él o con su uso?Estamos constantemente tratando como derechos lo que son privilegios», explica. Y esto acaba generando problemas. Hay que dejarles clara la diferencia. Y no solo de boquilla, se hace con hechos ('aplicar' es una palabra mágica que Ginés usa mucho para hablar de la gestión de adolescentes, en el sentido de dar menos charlas y hacer más cosas efectivas).
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«No somos conscientes de que nuestras actitudes están naciendo directamente desde el miedo, de creernos responsables de su felicidad, de sus resultados, porque creemos que unas cosas son buenas para ellos y no las consiguen... Por mucho que les queramos, les tratamos desde el miedo y eso crea una gran distancia en la familia», apunta.Es un problema de percepción de los adultos que redunda en la relación que tenemos con ellos. Por eso hay que atar al miedo (inevitable, por otra parte) en corto.
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«No son ni una cosa ni la otra.Y debemos saber hasta qué punto debemos forzarles a portarse como adultos...», afirma David Bueno, doctor en biología y neuroeducación y autor de 'El cerebro adolescente', una biblia sobre el tema. Es decir, los adultos siempre tenemos que ser conscientes de con qué material estamos tratando... ¡son personas a medio cambiar! ¿Eso quiere decir que hemos de sobreprotegerles, pobrecitos adolescentes? Para nada, están explorando el mundo y debemos dejarles que cometan errores. «Pero dando apoyo emocional, estando cerca por si nos necesitan», aconseja. Aveces, hacemos todo lo contrario: nos 'alejamos' porque están hechos un basilisco todo el día... Mal.
¿Pero qué les pasa en la cabeza a los adolescentes? Desde la neurociencia su comportamiento tiene explicación. David Bueno señala que su cerebro está en plena revolución, haciendo conexiones nuevas y también eliminando algunas para abandonar la etapa infantil. Pero la transición no es fácil: el nivel de estrés aumenta en la adolescencia. Por eso, si les exigimos demasiado, se lo incrementamos. Acotemos el término 'demasiado'. Eso no significa no ser exigentes, sino respetar sus ritmos y tener en cuenta que las hormonas que en los adultos rebajan el estrés en ellos hacen lo contrario.
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Diego Marín A.
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