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DIEGO MARÍN A. haro@larioja.com
Domingo, 1 de septiembre 2013, 01:15
«Esto es como un Condado de Treviño en pequeño», define el propietario. En las faldas de los montes Obarenes, en el triángulo que forman Castilseco, Villalba y Sajazarra, existe un terreno de 250 hectáreas que pertenece a Burgos, una pedanía de Miranda de Ebro llamada Ternero. Es una hacienda protagonizada ahora por una bodega, Viñedos del Ternero, gracias a sus 64 hectáreas de viña coronadas por la peña Jembres y vertebradas por el arroyo Regorreta, aunque también cuenta con campos de cereal y olivos, con los que se elabora aceite. La curiosidad es que la bodega pertenece a la Denominación de Origen Calificada Rioja, que habitualmente olvida incluir a Burgos en la nómina de zonas amparadas por el Consejo Regulador, a diferencia de lo que ocurre con La Rioja, Rioja Alavesa y Navarra.
En la Edad Media la finca fue granja del Monasterio de Santa María la Real de Herrera, al que perteneció hasta la desamortización de Mendizábal. El coto («un quarto de legua en redondo», describe el marqués de La Ensenada en su catastro) parece tener su origen en un priorato benedictino. Herrera contó con muchas propiedades que empleó como granjas: Bayas, Tironcillo, Atamauri, Sajuela... Y Sajuela es un término de similares características a Ternero, entre Cellorigo y Villaseca, de solo 99 hectáreas, y pertenece igualmente a Miranda. La historia de Ternero apunta a que fue Alfonso VI, en 1077, quien donó al Señor de Sajazarra el Monasterio de Herrera y su granja Ternero, aunque en el 1245 el papa Inocencio IV declaró el terreno como propiedad de Herrera.
El secretario de Estado de Isabel II, Javier de Burgos, emprendió una división provincial en 1833 en la que ratificó la pertenencia de las dos fincas a Burgos, a pesar de encontrarse entonces en Logroño. Hasta 1982 todo era Castilla la Vieja pero, con la autonomía de La Rioja, las dos fincas se convirtieron en islas náufragas, en 'gibraltares' de Burgos en La Rioja Alta. Arrendada en el siglo XVIII a diversos señores, en los años 40 Ternero pertenecía a la familia de origen alemán Reiner, que lo vendió a tres familias vascas (entre ellas, la de Gárate, el exjugador del Atlético de Madrid) que, a su vez, lo vendieron en el 2011 a una familia burgalesa relacionada con el negocio de las alcoholeras en Aranda de Duero.
Allí se había fundado, en el 2003, Viñedos del Ternero, la única bodega burgalesa de la DOC Rioja y que está ahora en plena remodelación, con labores de cantería y leves deforestaciones, así como de vallado de los viñedos (los corzos se comen las uvas). La intención es ampliar la nave de depósitos y crear un hotel, reformar la edificación a la manera del complejo enoturístico de Freixenet. Con los 350.000 kilos de uva que se obtienen en cada vendimia se elaboran 50.000 botellas de vino, pero el objetivo es llegar a producir 120.000. «Esto es un caramelo», reconoce el dueño, «a todo el mundo le gustaría venir aquí y no salir». La razón la encontramos en la singularidad de la propiedad, en la belleza del paisaje y en la idoneidad del terreno para el cultivo de la vid: «Sus 650 metros de altitud son lo mejor para el vino, sobre todo, para el blanco».
Las islas que Castilla y León posee en La Rioja dependen fiscalmente de Burgos (aunque el prefijo de la bodega es 941), pero eso «no supone pega alguna», asegura el propietario. Por parte política tampoco. El alcalde de Miranda de Ebro, Fernando Campo, afirma que «tener dos territorios enclavados en otra comunidad no supone problema o incomodidad alguna, al contrario, da singularidad». Ternero, incluso, tiene población censada.
El complejo que encontramos en Hacienda Ternero lo forman media docena de edificaciones que, anteriormente, se repartían las familias propietarias. Para llegar hasta su núcleo es posible tomar diversos caminos, como el que parte desde la ermita de la Esclavitud de Cihuri, pistas empedradas y bacheadas. Pero el safari merece la pena, el lugar hallado es un oasis del que parten otros tantos caminos de nombre sugerente, como el denominado «de las Señoritas». La finca la vigilan unos guardeses que trabajan en la bodega, un gato llamado Isidoro y tres enormes cachorros de mastín con solemnes nombres: Nerón, Roma y Bacchus, que acaba de parir nuevos vigilantes y que debe su nombre a los numerosos galardones del mismo nombre que han ganado los vinos de la hacienda.
«Siempre quise comprar algo como esto», reconoce el propietario, quien asegura ver jabalíes jugando en sus viñas durante el invierno, con prismáticos, desde su despacho, en la parte alta de la bodega, presidida por una maqueta de la propia finca, «y, gracias a Dios, la familia se lo puede permitir».
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