Una sociedad banal
ALONSO CHÁVARRI
Sábado, 2 de marzo 2019, 18:36
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ALONSO CHÁVARRI
Sábado, 2 de marzo 2019, 18:36
Hemos construido y estamos construyendo una sociedad cada vez más banal, o quizá siempre lo haya sido, pero antes se intentaba disimular, se consideraba un hecho negativo, mientras que ahora no hay ningún empacho en aceptar la banalidad. Es una banalidad que abarca muchos aspectos y que se ha infiltrado en el sistema circulatorio de la vida social, aunque probablemente no tenga ese carácter peyorativo que, a priori, pueda parecer, pues el ser banal no deja de ser una opción más de las muchas que ofrece la existencia humana.
Es un hecho que en las nuevas generaciones, en general, aumentan las actividades banales; no hay más que fijarse en la forma en que reciben la información, siempre en exceso, pero de forma muy ligera, procesan cantidad de información en soportes de fácil asimilación: en audio o en pantalla, con mensajes cortos, que apenas requieren esfuerzo intelectual, o a través de las redes sociales, que suelen ser el mayor canto que se ha inventado a la banalidad. Huyen de la prensa escrita y, en particular, de los artículos largos de opinión; les basta, en el mejor de los casos, con leer titulares, aunque, naturalmente y gracias a Dios, hay honrosas excepciones.
Esta banalidad se plasma en el 'usar y tirar' que tanto se está instalando en la nueva sociedad: se utiliza ropa de usar y tirar, comida de usar y tirar -léase comida instantánea en abundancia, con cantidad de sobras que acaban en el contenedor de basura-, muebles de usar y tirar... hasta parejas de usar y tirar; la vieja costumbre de parejas bastante estables está dando paso a numerosas y sucesivas parejas de duración efímera y escaso compromiso. Un amigo, tertuliano en medios de comunicación, me comentaba que la banalidad estaba alcanzando a la institución del matrimonio, justificándolo en la facilidad con que muchos deshacen y rehacen sus vidas familiares. Yo no iría tan lejos en la afirmación de que cambiar de pareja sea un asunto banal pero, al menos, plantearía la duda. Llamaba, a esta forma de entender la vida como una sucesión de banalidades, sin gran apego por casi nada y con una gran dosis de provisionalidad, 'pensamiento Ikea' y por extensión, a los afectados por esta corriente ideológica, 'generación Ikea'. Y daba a entender con este símil mueblístico la preferencia de estas generaciones por lo inmediato, sin planteamientos de futuro ni de permanencia, a lo cual, sin duda, colabora la provisionalidad de buena parte de los trabajos y los sueldos de la actual clase trabajadora, que no permiten proyectos estables de futuro, aunque tampoco me parece suficiente motivo par abrazar esa banalidad generalizada en la que está inmersa la sociedad.
Insisto en que, cuando hablo de banalidad, no lo hago de forma peyorativa -uno ya tiene edad suficiente como para no dar consejos a nadie sobre la manera de conducir su vida- sino como una constatación, mezclada con sorpresa, de que los hábitos, sobre todo intelectuales, están cambiando y que el antiguo valor del esfuerzo y la sólida formación está dando paso a la liviandad, a la ligereza... a la banalidad. Opción, por supuesto, absolutamente respetable, aunque, eso sí, a mí no me gusta.
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