Algunas comunidades autónomas se plantean frenar la desescalada en las restricciones anti-COVID-19 ante el preocupante incremento de la incidencia de las infecciones entre los jóvenes –del que no se ha librado La Rioja– que se atribuye, entre otros factores, a las descontroladas concentraciones ... veraniegas. En ese contexto, en Logroño se ha encendido el debate sobre los botellones que los jóvenes celebran cada fin de semana en el Parque del Ebro, reuniones que, más allá de su nivel de transgresión en la convivencia, multiplican el peligro de contagio del virus. Sorprende por ello el análisis del alcalde Hermoso de Mendoza al traducir el fenómeno como «algo puntual y coyuntural» que atribuye al «gusto [de los jóvenes] por la libertad y el deseo por estar en la calle». Es indiscutible que el botellón es un fenómeno masivo cuando la climatología lo permite; y que la juventud vive, y bebe, en la búsqueda constante de la libertad. O de lo que entiende como tal. Y si cabe la comprensión y hasta algo de buenismo ante a un fenómeno geográficamente generalizado –mal de muchos que tampoco debe servir de consuelo–, se antojan inoportunos en plena pandemia. No cabe olvidar ni por un instante ni por parte de nadie, sea joven o sea alcalde, que seguimos presas de un virus que se ha cobrado miles de vidas y que es capaz de devorar todo un sistema.
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