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Pom, Pom, Pom, pooooooooom!... ¡Po, po, po, pom!... ¡Po, po, po, pom!... ¡Po, po, po, pom!... ¿A que les suena a la 5ª? A su ... primer golpe y a su desglose en allegro brioso. ¿Y que si decimos 'la 5ª', de inmediato pensamos en la de Beethoven, aunque existan otras quintas? Hay compases que los tenemos inscritos en la pianola del cerebro; y nombres como pautados. Los primeros compases de 'la 5ª' nos afloran en cualquier momento, con cualquier pretexto solemne, o que creemos solemne, y además les damos énfasis y sacamos el Stokowsky que llevamos dentro. Y los tuneamos. Y decimos Beethoven como sinónimo de música. Y música, en su caso, como indisociable de pasión musical. Porque no toda la música, ni todos los músicos son pasionales. Ni nos apasiona (nos pueden pasar otras cosas) su escucha. Pero la figura de Beethoven, de pies a cabeza, es la del gran cuerpo de la música; el espacio donde ésta implosiona, expandiendo su universo: un auditorium ahuecado paradójicamente en el epicentro de un silencio rico e infinito, al que el compositor sordo le sacó un partido alucinante: la producción del más amplio, volumétrico y diverso sonido imaginable. Era, como lo consideraba Víctor Hugo, «el sordo que entendía el infinito». Un tipo con atavío, peluquería y complementos románticos pero tocado con una sordera moderna, saliente del romanticismo hacia otras latitudes. Una sordera vibrante en la que nos seguimos reconociendo, proyectando. Ludwig Van Beethoven: su sólo nombre completo, el pronunciarlo, todo seguido, es ya un primer movimiento musical. Un comienzo altísimo, por cierto. Los grandes del arte crean, necesariamente, hacia adentro de sí mismos. No para la galería. La partitura, el lienzo, la película, la página se encuentran siempre en el fuero interno. Ése es el campo de batalla.
Beethoven fue atendiendo de una forma cada vez más internada e ignífuga esa morada. Ajena al ruido exterior, pero ensordecida por la tormenta perfecta del espíritu. Ahí vivió, creó y padeció. Eran tantas las enfermedades físicas que le asaltaron en vida que una de dos: o se suicidaba o se convertía en Beethoven. Y eligió lo segundo. Y así se transformó en una cúpula sonora, por cuya anchura circulaba él y todavía hoy, dos siglos y medio después de su nacimiento, nosotros. Una cúpula anillada por órbitas muy distintas en lo melódico y en lo filosófico, y dinamizadas por un potenciómetro variable. Incluso dentro de una misma sinfonía o de una misma sonata. Él era el autor de su propio sonido, no digo ya sólo de las notas. Porque un músico de calibre beethoveniano ambiciona no sólo notas o armónicos sino un sonido propio, un nervio, una tensión. A veces, casi insostenible.
La verdadera música es algo distinto de la música. Al menos, tratándose de Beethoven. Beethoven podía ser temático, en sus nueve sinfonías, o ensayístico, en las sonatas, de piano, de cello, de violín: mi Beethoven preferido, el que llevo dentro. Las nueve sinfonías forman un compendio, nueve tomos donde se aplica toda la ingeniería musical, sobre todo la creada por él, a un catálogo de asuntos, donde todo tiene su movimiento y su estructura, entre la épica y el lirismo, desde el destino a la alegría. Las sonatas de Beethoven constituyen un continuum de pensamiento. Son como pensar, leer, hablar o mirar. Son un debate, un discurso. Y nunca las das por cerradas. Se reanudan inmediatamente. No descubro nada si digo que en las sonatas, Beethoven conversaba, deambulaba y se debatía consigo mismo. Nunca antes ni después la música ha reflejado de igual manera la modulación y el flujo de las ideas. Su soledad. Da igual, en tu vida, cómo y por dónde entres en Beethoven. ¿Que viste de niño Fantasía y escuchaste la Pastoral, a cuya coloratura sonora añadía Disney el cromatismo technicolor y el fantasound? ¿Que había en tu casa unos álbumes de disco de pasta con la Heroica? ¿Que le escuchaste, luego, a Miguel y a Waldo de Ríos el Himno de la Alegría? Incluso ¿que lo que te molaba era el «Roll over Beethoven» de los Beatles? Es igual, lo que te lleve hasta Beethoven. Al ser torrencial, basta con acercarte a su cauce para que te arrastre. ¡Feliz año Beethoven!, que su fuerza os acompañe. Pero no será suficiente con un año. En un año ordinario no cabe un año Beethoven. Y lo digo yo, que soy más bien de Bach.
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