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¡¡¡Pom, pom, pom, pooooom!!!

Ojo de buey ·

Domingo, 5 de enero 2020, 12:12

Pom, Pom, Pom, pooooooooom!... ¡Po, po, po, pom!... ¡Po, po, po, pom!... ¡Po, po, po, pom!... ¿A que les suena a la 5ª? A su ... primer golpe y a su desglose en allegro brioso. ¿Y que si decimos 'la 5ª', de inmediato pensamos en la de Beethoven, aunque existan otras quintas? Hay compases que los tenemos inscritos en la pianola del cerebro; y nombres como pautados. Los primeros compases de 'la 5ª' nos afloran en cualquier momento, con cualquier pretexto solemne, o que creemos solemne, y además les damos énfasis y sacamos el Stokowsky que llevamos dentro. Y los tuneamos. Y decimos Beethoven como sinónimo de música. Y música, en su caso, como indisociable de pasión musical. Porque no toda la música, ni todos los músicos son pasionales. Ni nos apasiona (nos pueden pasar otras cosas) su escucha. Pero la figura de Beethoven, de pies a cabeza, es la del gran cuerpo de la música; el espacio donde ésta implosiona, expandiendo su universo: un auditorium ahuecado paradójicamente en el epicentro de un silencio rico e infinito, al que el compositor sordo le sacó un partido alucinante: la producción del más amplio, volumétrico y diverso sonido imaginable. Era, como lo consideraba Víctor Hugo, «el sordo que entendía el infinito». Un tipo con atavío, peluquería y complementos románticos pero tocado con una sordera moderna, saliente del romanticismo hacia otras latitudes. Una sordera vibrante en la que nos seguimos reconociendo, proyectando. Ludwig Van Beethoven: su sólo nombre completo, el pronunciarlo, todo seguido, es ya un primer movimiento musical. Un comienzo altísimo, por cierto. Los grandes del arte crean, necesariamente, hacia adentro de sí mismos. No para la galería. La partitura, el lienzo, la película, la página se encuentran siempre en el fuero interno. Ése es el campo de batalla.

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