Por segunda vez a causa de la pandemia, el Papa celebró ayer la Pascua de Resurrección ante una audiencia simbólica que guardó la distancia de seguridad. Invitó a la comunidad internacional a establecer un «compromiso común» que permita superar los retrasos en la distribución y promover el reparto justo de estos fármacos, de modo que también lleguen a los países más pobres. Bergoglio recordó que «en este momento las vacunas son una herramienta esencial en esta lucha».
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Además, el Papa recorrió varios ejemplos de la crisis social y económica generada por la pandemia como Haití, cuya sociedad está «abrumada por las dificultades», y mostró su apoyo a todos los trabajadores sin empleo, a los emigrantes y a los refugiados. Pero también mencionó a los jóvenes de Myanmar, comprometidos con la democracia y que mueren tiroteados por el Ejército durante las manifestaciones tras el golpe de Estado del pasado febrero; pidió el fin de los conflictos y que «los pueblos devastados por la guerra vivan en paz y pongan en marcha la reconstrucción». El Papa Francisco deja en su recorrido una profunda huella humanista de la que es imposible discrepar.
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