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El lunes murió Manuel Clavero Arévalo. Tenía 95 años y sus hagiógrafos reivindican para él, ahora que habita en el panteón del recuerdo, la paternidad ... del estado de las autonomías. Se confirma lo bien que enterramos en España. Más no deja por ello de ser cierto que Clavero fue un político de enorme peso en la construcción del puzle nacional y que su aportación fue fundamental en la Transición. Para La Rioja, sin embargo, para qué nos vamos a engañar, fue una mosca cojonera, que sin quererlo marcó nuestro futuro. Clavero jamás creyó en esta región como autonomía. Mediado el 78, cuando la sangre autonomista ya fluía desde Foncea hasta Alfaro, siendo ministro de las Regiones denegó la preautonomía riojana con el intangible fundamento de que aquí no se contaba con la suficiente identidad ni con un nivel de concienciación aceptable. Echando a la papelera esta demanda consiguió, sin embargo, el efecto inverso al que pretendía. Su negativa prendió la pólvora regionalista en forma de casi 50.000 firmas y en el histórico Día de La Rioja de octubre del 78 en Nájera. ¡Toma concienciación! Luego vino lo demás de corrido. Por esto, se me antojababa injusto no despedirle con gratitud sincera desde esta orilla del Ebro.
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