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Tradición. Doctrina o costumbre conservada en un pueblo por transmisión de padres a hijos. Patrimonio cultural inmaterial de un pueblo que se hereda de generación ... en generación. Prácticas que representan a una comunidad. Conocimiento y principios o fundamentos socioculturales que, por considerarlos especialmente valiosos, se pretende se extiendan de unas generaciones a las siguientes a fin de que se conserven. Parte indispensable del legado cultural de una comunidad.
Si buscamos el significado de la noción «tradición», estas son algunas de las definiciones que podemos encontrar. En concreto, la palabra procede del latín traditio, que significa entregar o transmitir. Así, la tradición se considera como el legado que se trasmite a lo largo del tiempo.
Este concepto nos evoca ideas como la de identidad, cultura, local, herencia o esencia; y su función no es otra que la de integrar a todas las personas que forman parte de una comunidad, compartiendo todas ellas una identidad común que les vincula. Pero, además, las tradiciones no solamente unen a las personas de un mismo tiempo, sino que conectan el presente con el pasado. En la era de las tecnologías, de la vanguardia y del progreso, algunas tradiciones luchan a toda costa por mantenerse a flote y no perderse en el vasto y negro océano del olvido. Pero las tradiciones son nuestra historia y no deben morir ahogadas. ¿Es que la historia no es esencial? ¿Nuestro pasado? ¿Nuestra autobiografía? Creo que sólo un necio podría afirmar tal cosa.
En un mundo en el que la importancia y el valor de las cosas se mide con una regla que atiende en exclusiva a los parámetros de utilidad, eficiencia o rentabilidad económica, las tradiciones y costumbres parecen quedarse al final de la fila en cuanto a prioridad. Sin embargo, su valor no se puede medir con un patrón tan simple. La utilidad de las tradiciones y de la historia va mucho más allá.
Parece que ahora sólo importa lo nuevo. Lo vetusto y añejo se califican de anticuado y obsoleto. Me atrevo a decir incluso que se puede hablar en estos tiempos de una suerte de miedo a la tradición. Como si fuese el enemigo del cambio o de la evolución. Pero nada más lejos de la realidad. No se puede negar la inevitabilidad del progreso, consustancial a la especie humana. Y es evidente que vivir en el pasado nos condenaría a un estatismo baldío. Y a pesar de que existen tradiciones que deben ser erradicadas, como la mutilación genital femenina por citar el ejemplo más desgarrador que me viene a la mente, no debemos rechazar frontalmente el lugar de dónde venimos.
En una semana como la recién vivida, uno recuerda el valor de sentirse en comunidad, de lo familiar, de la tierra, del arraigo. Recupera el amor por el arte, la gastronomía, el folclore, por la artesanía local. Días así nos hacen redefinir lo que es esencial y nos hacen sentir orgullosos de todos aquellos pequeños detalles que nos hacen diferentes. Porque es un honor poder compartir, juntos, tradición.
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