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Hacer frente a la muerte de un ser querido no es plato de buen gusto para nadie. Es una de las cosas más duras, así ... como tristemente inevitables, que todos tenemos que afrontar en vida cuando aquellos a quienes queremos ya no la tienen. Pero dicen que especialmente desolador es ver morir a tus hijos. Por aquello del ciclo natural de la vida, que nos prepara para ver morir a nuestros mayores, pero no para perder a nuestros vástagos.
Si el fallecimiento de un hijo es un hecho tan sumamente pesaroso, ¿cómo es posible que haya quienes causen la muerte a sus propios herederos?
En apenas una semana hemos sido conocedores de dos devastadores filicidios. El primero, sucedido en Ohio (EE UU), donde una madre ha abandonado a su bebé para irse de vacaciones. La pequeña, encontrada en su cuna envuelta en heces y orina, ha muerto por hambre y deshidratación severas. El segundo, acontecido en Almería, en el que la principal hipótesis apunta al envenenamiento mortal de dos niños por su padre, en el seno de lo que parece ser un crimen vicario.
Estos casos nos hacen recordar otros similares como el de José Bretón, el de Asunta Basterra, el de la recién nacida arrojada por su madre a un contenedor de basura en Mallorca; o, sin irnos tan lejos, el caso ocurrido aquí en Logroño, en Los Bracos, en el que una madre asesinó a su propia hija en la habitación del citado hotel.
El filicidio, muerte dada por un padre o una madre a su propio hijo, es uno de los crímenes más macabros y repugnantes que nos pueden venir a la mente. Un crimen contra natura, inhumano, que queda fuera de toda razón. Y todos estos ejemplos son muestra de que este delito, aparentemente inusual, es más habitual de lo que todos desearíamos.
Siendo legalista, que es lo que a mí me toca, la personalidad se adquiere en el momento del nacimiento con vida, una vez producido el entero desprendimiento del seno materno. Y por ello, sin entrar en los debates sobre el aborto, matar a un niño, vulnerable, en los primeros años de su vida, es acertadamente calificado como asesinato, por ser una muerte alevosa, un crimen desalmado y sin perdón.
Sobre las razones que pueden llevar a tan trágico desenlace, y entre las que habitualmente se encuentran hijos no deseados, venganza contra el otro progenitor, circunstancias económicas o trastornos psicológicos, todas ellas me parecen deleznables; si bien la última, aunque igualmente despreciable, es algo más excusable. También debemos considerar el sufrimiento en vida de estos niños, ya que tan brutales y encarnizados actos (estrangulamientos, envenenamientos, ahogamientos, quemaduras, abandono) en algunos casos son reflejo de la violencia ya sufrida en el hogar.
Por último y para concluir, dedicado a aquellos que maldicen a Dios o a la muerte cuando oyen estas noticias, vengo a añadir en palabras de Saramago, que no debemos resistirnos a «recordar que la muerte, por sí misma, sola, sin ninguna ayuda exterior, siempre ha matado mucho menos que el hombre».
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