Secciones
Servicios
Destacamos
El fatídico accidente acontecido el martes en la calle Juan XXIII de Logroño al venirse abajo el edificio de Adoratrices y que desafortunadamente ha terminado ... con la vida de una persona, ha estado en boca de todos en los últimos días. Además de los equipos sanitarios, las fuerzas de seguridad y la prensa fueron muchos los vecinos y transeúntes los que se acercaron al lugar de los hechos para convertirse en testigos de primera mano del suceso.
Poco después de que tuviera lugar el derrumbe del edificio, tal y como hago a diario, tuve que atravesar la mencionada calle. Si bien ya estaba advertida de lo que me iba a encontrar, puesto que, al igual que la mayoría de vosotros, ya había recibido más de un mensaje por WhatsApp compartiendo la noticia sobre lo ocurrido, fue en el momento en que lo vi con mis propios ojos cuando me di cuenta de lo que tenía delante: una buena panda de mirones.
Es curioso comprobar que, siempre que tiene lugar un accidente, una enorme columna de personas que se apiñan entre sí para alzarse con la primera fila, como si del mejor asiento para un concierto se tratase, aparece casi de manera instantánea. Es como si una fuerza ineluctable les empujara a parar sus pies, a olvidar cualquier tarea que estuviesen llevando a cabo o el destino al que con tanta prisa se dirigían, y les obligase a detenerse de inmediato con la única función, inútil, de mirar.
Morgan Freeman decía en una película: «A la gente le encanta la violencia. Cuando ven un accidente reducen la velocidad para ver si hay muertos». Es una dura afirmación, pero no hace sino mostrar una verdad incontestable: somos adictos a lo tarantinesco. El gore, lo macabro, la sangre, el dolor, la aflicción. ¿Qué tienen que tanto nos repulsan, pero nos atraen como moscas a la luz?
Lo siento, pero no me creo a quienes digan que permanecen en el escenario por puro altruismo. Tal vez haya algunos pocos que sí, pero, seguro, no serán la mayoría. Este último grupo, el más extenso, solo podrá justificar la persistencia de sus ojos curiosos clavados fijamente en las víctimas apelando al morbo que la escena les produce. Incluso los habrá quienes busquen con ello encontrar algo de protagonismo y un tema de conversación novedoso con sus allegados. Un último sector aprovechará la tragedia como señal, como golpe divino, que viene a recordarles lo efímero y lo valioso de sus vidas (que hasta segundos atrás consideraban miserables), sintiendo repentinamente que su existencia es algo menos desgraciada. Sea como fuere, vengo a apelar al menos común de los sentidos para proponer que, cuando ocurra algo así, no aprovechemos para convertirlo en comidilla. Que respetemos la intimidad de las víctimas. Y que dejemos de estorbar, tanto a los profesionales cuya presencia sí es útil, como a los propios afectados. Que pongamos la empatía por bandera y dejemos de ser unos molestos e insufribles mirones.
¿Ya eres suscriptor/a? Inicia sesión
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
La chica a la que despidieron cuatro veces en el primer mes de contrato
El Norte de Castilla
Publicidad
Publicidad
Favoritos de los suscriptores
Destacados
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.