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Este viernes ha tenido lugar uno de los eventos más esperados por muchos españoles durante todo el año: el Sorteo Extraordinario de Navidad. Los hay ... quienes compran sus décimos con premura y también quienes esperan para hacerse con uno de ellos hasta los últimos días antes de la fecha señalada para conocer el Gordo. Los hay quienes apuestan siempre por la misma cifra, quienes tienen un número de la suerte o los que recuerdan a sus allegados con una combinación concreta. También están los que aprovechan cualquier viaje por la geografía española para hacerse con un boleto. Pero sea como fuere, todo ellos tienen algo en común: la ilusión.
Porque ¿quién no ha soñado alguna vez con que le toque la lotería? Todos hemos pensado qué haríamos con el dinero y las opciones son innumerables. Desde comprar una casa a viajar por todo el mundo. Repartirlo con la familia, comprar un coche o abrir un nuevo negocio. Y es que parece que el tradicional Sorteo de Navidad nos lleva a todos a revivir esa niñez plagada de sueños e ilusión. Como si por un momento todo fuese posible y ningún anhelo o aspiración fuese demasiado grande.
Resulta prodigioso ser testigos de la forma en que la ilusión se propaga entre la gente, especialmente los días más próximos al sorteo, como si de una epidemia se tratara. Sin distinción de edad, sexo, raza, color ni religión. Y es que, como dice la canción, «la vida es triste si no la vivimos con una ilusión».
Pero lo mejor de todo es, sin duda alguna, que, a pesar de que el dinero finalmente se reparte únicamente entre unos pocos agraciados, la esperanza llega a todos. Y aún después de comprobar (incluso en varias ocasiones para cerciorarnos del resultado) que no hemos recibido la cantidad esperada, por alguna extraña razón esa esperanza todavía se mantiene. Digamos que sucede como con la energía, que no se destruye, sino que se transforma.
Aunque tal vez sea simplemente por consolarnos, muy acertadamente empezamos a recordar entonces todas esas cosas que ya tenemos en nuestra vida sin que nos haya tocado la lotería: familia, salud, un techo bajo el que dormir, comida caliente en el plato, amigos y un sinfín más de cosas que a diario damos por hecho. Podría criticarse de tópico, pero tal vez sea que los tópicos no son tan malos como a menudo se pretende hacer creer.
Y es por eso mismo que aprovecho mi última columna del año para desearos a todos una feliz Navidad. Y que, con dinero o sin él, aprovechéis para pasar estos días con vuestros seres queridos y disfrutéis de ellos. Porque, siguiendo con los tópicos, hay que recordar que las cosas importantes en la vida no se compran con dinero.
No hay nada como estas fechas navideñas para dejar a un lado por un tiempo todos los problemas que hayamos podido arrastrar durante el año. Y ya que durante el resto de meses ya tenemos suficientes noticias malas, qué mejor que aprovechar este pequeño paréntesis para centrarnos en lo bueno, que no es poco.
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