Parece inevitable, para bien o para mal y según en qué casos, que la inteligencia artificial se vaya infiltrando en arterias y capilares de nuestra ... vida, hasta acabar afectando a casi todos los aspectos de nuestra existencia. Cómo puede impactar la IA a la medicina, parece un interesante tema de debate no sólo en lo relativo a la mejora de la investigación médica, sino también en cómo pueden afectar estas nuevas tecnologías al usuario de la medicina: el posible enfermo.
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Es un hecho incontestable cómo ha variado la relación médico-enfermo en las últimas décadas, generalmente para bien, pero no en todo. No hace falta remontarse a los años cincuenta del siglo pasado, en los que el médico, con traje y corbata, pasaba la visita –en los pueblos, dos veces al día– por las casas de los enfermos y tenía que resolver, él solo, todos los problemas médicos de sus pacientes. Hasta no hace mucho, si una persona se encontraba mal, iba al ambulatorio, sin pedir hora, contaba sus males, le preguntaban, auscultaban, etc., y le trataban sus dolencias. Así funcionaba la medicina, con más o menos medios, hasta no hace mucho. Ahora, especialmente en la medicina pública, la relación médico-paciente ha cambiado. Dan cita con antelación, a veces con demasiada antelación, y la relación médico-enfermo parece estar dirigida por ese ordenador que conoce casi todo sobre el paciente. Las preguntas serían: si el ordenador, cada vez más ayudado por los grandes adelantos de la IA, es capaz de precisar tan bien o mejor que el médico las posibles dolencias del enfermo y sabe prescribir lo más adecuado en cada caso, ¿qué misión van a tener los doctores?, ¿se podrían suprimir? Así acabaríamos con colas, listas de espera y demás fallas del sistema sanitario.
La contestación más evidente a estas preguntas sería resaltar la importancia de la relación médico-paciente, esa cercanía que, en la situación de vulnerabilidad con que se acude a las consultas, puede ser tan beneficiosa para el enfermo. Y razón no falta, siempre que fuere posible esa relación. Hasta la pandemia, esa cercanía entre el médico y sus pacientes era bastante aceptable, pero, desde que comenzaron a darse citas con antelación, se ha perdido bastante. Si ahora el paciente ha de ir a un especialista, suele recibirle uno distinto, cada vez, –¿qué fue de aquella campaña política sobre la libre elección de médico?– con lo cual los beneficios de la relación médico-paciente desaparecen en buena medida y casi todo parece quedar en manos del omnipresente ordenador, que atrae todas las miradas, excepto las del enfermo. Sí, puede que no sea tan mala idea que, con la llegada de la inteligencia artificial, el enfermo sea recibido directamente por la computadora. No habría ni que moverse de casa.
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