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Ya decía don Hilarión, en una célebre frase de la zarzuela 'La verbena de la paloma': «Los tiempos cambian que es una barbaridad», lo que ... no dijo es si cambiaban para bien o para mal, lo cual suele depender del punto de vista con que se mire. Se supone que los tiempos van cambiando para bien, aunque últimamente no está tan claro, sobre todo si lo miramos desde el punto de vista del nivel de vida, que suele ser la unidad de medida para comparar los tiempos. Es cierto que ahora hay más medidas sociales para los desfavorecidos, pero está bastante peor el acceso a la vivienda o la cesta de la compra, ya digo que todo es del color del cristal con que se mire.
Cuando se comparan tiempos, suele haber un latiguillo, un mantra que justifica casi todo: «Sí, pero la libertad que ahora tenemos...», que me temo no deja de ser una más de las mentiras que proliferan por doquier, porque hablemos de libertad... Dejemos atrás la dictadura, aunque muchos se empeñen en que no la olvidemos, y comencemos en 1975, año de recientes celebraciones; hasta entonces no pagábamos a Hacienda el IRPF, hecho que comenzó a coartar la libertad de nuestros bolsillos –¡ojo!, no digo que esté mal pagar a la hacienda pública, todo depende del uso que se dé a lo recaudado–. En las últimas décadas del siglo XX, la libertad cultural era mucho mayor que ahora, no hay más que observar a cómicos y humoristas cómo se tientan la ropa con chistes y gags para no meterse en charcos. Hasta en el lenguaje quieren imponernos límites, aunque sea destrozándolo, en aras de una supuesta igualdad de derechos. Si tienes un perro, te obligan a ponerle un chip; de gatos mejor no hablamos, y parece que les toca el turno a las gallinas.
En los pueblos, tradicionalmente se han tenido gallinas para autoconsumo. Antes andaban por las calles, picoteando por tamales y aguadojos, y dormían en las cuadras; después en gallineritos o casillas de las huertas, sin trabas burocráticas de ningún tipo; luego se controlaron las explotaciones que vendían huevos o aves, lo cual podría tener su lógica, pero no me lo parece el que obliguen a registrar, con amenaza de multa, a la media docena de gallinas que pueda tener un paisano, en su casa o en la huerta, o al pollito que tiene el niño de mascota. En el fondo, con la eterna disculpa del interés público, se vuelve a poner en solfa la libertad individual, sin olvidar que el exceso en el bienestar animal puede perjudicar el bienestar humano.
Comienzo a tener la sensación de que se legisla demasiado en naderías, quizá porque no se hace en lo importante y eso, según mi criterio, sí que chocaría con la libertad de tener un buen gobierno. Y no sé si conseguirán que se registren las gallinas, pero, si se ponen estrictos, es probable que consigan que las maten.
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