Secciones
Servicios
Destacamos
Es sabido que, en cierto modo, la misión de escritores y articulistas es hablar o escribir de lo humano y lo divino, sobre lo que ... se domina y sobre lo que no. Un viejo amigo, columnista, cuando le preguntaban sobre su oficio, solía contestar: «Ya sabes, se trata de escribir de todo, sin saber de nada». Esta exageración tiene, sin duda, un punto de verdad, no sólo por la natural necesidad de escribir de temas de actualidad, sobre los que no se tiene demasiado conocimiento, sino por esa extraña atracción que siente el ser humano hacia lo que le es ajeno. Todos conocemos a personas que se empecinan en hablar de temas sobre los que saben poco, mientras que pueden ser reacios a comentar aquello que conocen bien. Mi abuelo, cuando veía el poco arte que yo me daba cavando la huerta, solía decir aquello de «zapatero a tus zapatos», pero no es consejo que todos estemos dispuestos a seguir, pues esa atracción fatal hacia lo desconocido suele ser más fuerte que la lógica cartesiana de la realidad y de la escasa sabiduría.
Hay quien habla de lo que no sabe por ignorancia de sus limitaciones, piensa que está sentando cátedra, sin tener conciencia del ridículo que hace; es frecuente entre muchos poetas, especialmente de la red, pero no es llamativo porque forma parte de la naturaleza humana y es disculpable: todos tenemos derecho a esos diez minutos de gloria, sea real o fingida, que no hacen daño a nadie y ayudan a sobrellevar la vida, cuando nos sumerge en sus meandros y su caricia se transforma en áspero roce. Otros hablan de lo que no saben por obligación, porque entra en su sueldo y forma parte de su trabajo; es frecuente verlo en política, pero no llama mucho la atención. Lo que siempre me ha intrigado es esa costumbre de hablar de lo que no saben, cuando ocurre en personas con grandes conocimientos en otros temas. Un conocido, gran experto en algas y líquenes, se empeñaba en hablar de filosofía, materia en la que sus conocimientos no pasaban de rudimentarios, aunque, en este caso, podía tener justificación, pues no es fácil encontrar a quien quiera escuchar disquisiciones sobre la simbiosis de algas y hongos. El caso más curioso lo viví en mi época universitaria, en un ciclo de conferencias sobre el amor, lo cual no tendría nada de llamativo si no fuese porque lo daba una monja, excelente profesora de Historia del Arte. Si el ponente hubiese sido un cura, podría explicarse por los posibles conocimientos, sobre el tema, adquiridos en el confesionario, pero, siendo una monja, resultaba bien raro que dictase lecciones sobre el amor. No recuerdo nada sobre la calidad de aquel seminario –yo asistía con mis amigos porque acudían muchas chicas-, pero sí que tuvo gran asistencia. También es cierto que para tener éxito no hace falta saber demasiado. Quizá, en los tiempos que corren, hasta es peor.
¿Ya eres suscriptor/a? Inicia sesión
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad
Destacados
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.