Secciones
Servicios
Destacamos
Acabo de leer en la prensa el fallecimiento, a los ochenta años, de Françoise Hardy, que sufría un cáncer y había hecho campaña, no hace ... mucho, a favor de la eutanasia. La cantante y modelo francesa fue una mujer muy admirada mientras cruzaba los felices veranos de nuestra adolescencia. Digo bien 'los veranos', porque aquella adolescencia de finales de los sesenta, al menos la mía y la de mi grupo de amigos, sólo tenía razón de ser en los larguísimos veranos de cuatro meses en que abandonábamos los lóbregos y rígidos internados, donde aprendíamos Latín, Lengua, Matemáticas, Francés, Geografía, Física, Filosofía, Historia, Literatura, Biología, Historia Sagrada… –esto siempre lo agradeceré y también el que me inculcasen un poco de disciplina–, además de ver nuestra adolescencia amargada por los innumerables problemas de conciencia que nos generaba la educación católico-franquista de la época, en la que casi todo lo divertido era pecado y el sacrificio, con dolor más, era salvador.
Sí, aquellos adolescentes –ahora dirían teenagers– sobrevivíamos ocho meses al presunto aburrimiento del estudio, aunque, en el fondo, nos salvaba; y a los traumas religiosos y morales de la época, pero vivíamos con alegría y felicidad los meses anhelados del verano. En ellos descubríamos lo que permanecía oculto el resto del año: los vientos más amables, que llegaban del país limítrofe y que todos los caminos llevaban a la costa, aunque sólo fuese en nuestra imaginación, alentada por las canciones, surgidas de aquellos microsurcos que giraban a 45 revoluciones por minuto en los nuevos y manejables tocadiscos de pilas; y comenzamos a ver que había algo más que la música folclórica de la única e incipiente televisión. Del mediterráneo español llegaban noticias de otras gentes y el mito de las suecas hacía furor, aunque en realidad adorábamos a las francesas, representadas por aquellas bellísimas y etéreas cantantes y actrices: Silvie Vartan, Katherine Deneuve, Françoise Dorlèac, Jane Birkin, Brigitte Bardot, Geraldine Chaplin –que no era francesa, pero como si lo fuese– y, sobre todo, Françoise Hardy.
Françoise Hardy, tan alta y de gesto neutro, con su larga melena de color imposible, cuando cantaba con su voz perezosa y dulce: «Tous les garçons et les filles de mon âge se promènent dans la rue deux par deux…», nos hacía creer que existía otro mundo, allende los Pirineos, en el que la vida fluía con naturalidad y el cielo de la libertad era más azul. Se ha ido en silencio, tras intentar escapar de las zancadillas perversas de la vida y de la guadaña de la vieja dama negra, que no hace distingos. Nos quedan su voz y su imagen, apenas velada por el tiempo, mas siempre la recordaré con su gesto, casi serio, y su melena al viento, cuando cruzaba por los veranos de nuestra adolescencia. C'est la vie.
¿Ya eres suscriptor/a? Inicia sesión
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.