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La vieja carretera de aquella infancia libérrima, a pesar de la niebla escupida por el ferroso lubricán, bajaba con el río. Venía del oeste, de ... las tierras altas burgalesas, por donde llegaban aldeanos con reatas de burreños, cargados de borniza, que luego volvían con pellejos de vino a los ijares. A los niños nos parecían caravanas sacadas del pasado, pues el futuro se mostraba río abajo, en las bodegas y pequeñas ciudades riojanas, contradiciendo la copla que cantaban los jóvenes, haciendo la ronda a sus amadas, y que decía: «Por la carretera arriba tengo todo mi querer; por la carretera abajo no tengo nada que ver». Era una carretera sin asfalto, de baches y cantillos, que apelmazaban herraduras de mulas y llantas metálicas de ruedas de carros. Estaba bordeada por árboles centenarios: olmos, álamos blancos, moreras, que prestaban sus hojas primaverales al gusano de la seda, plataneros, nogueras…; y los niños buscábamos, en las viejas ramas, nidos de picacha y el dulzor de la algarroba. De vez en cuando, un picapedrero deshacía, a mazazos, cantos del río con los que el capataz rellenaba los baches, sin mucha fortuna.
Apenas pasaban vehículos por la olvidada carretera; alguna vez lo hacían el único taxi de la comarca y el coche negro, conducido, muy despacio, por un hombre serio que decían apoderaba novillerillos; el camión de El Vallés llegaba los jueves, con su carga para la tienda de ultramarinos, y la furgoneta de Gerio, repleta de retales, atendía a las mujeres. Dos autobuses llegaban cada día, rompiendo el secular aislamiento de la villa; uno, el Correo, llamado así porque traía noticias del mundo presas en la saca del correo, era chato y amarillo; el cobrador, con bata oscura, llevaba un sempiterno lapicero en su oreja y escribía, chupando la mina, en la libreta de su bolsillo pechero, los encargos de las gentes. Los niños le vendíamos cangrejos, a cinco pesetas la docena, que luego revendía en bares de Haro; así ahorrábamos monedas para las meriendas de la fiesta de Santa Águeda. El otro autobús venía de Santo Domingo, era azul y morrudo y olía a viaje. Lo llamábamos el Simeón, por su propietario, aunque en otros pueblos lo llamaban el Rápido, porque decían que llegaba a los cincuenta kilómetros por hora. Era estrecho y cancaneante y, al arrancar, temblaba la hojalata de sus paredes como lo hacía en las tormentas la loza del entrepaño. En su interior se mezclaban olores de hipocrás, colonias viajeras y humanidad, componiendo aquel peculiar 'olor a viaje'; y el conductor, un hombre tosco y renegrido, solía, en la parada, entrar al bar a beber un vaso de vino.
Cuando, de ciento en viento, aparecía otro vehículo por el peñón de la carretera, alguien gritaba: «Un cocheee…» y todos los niños corríamos a ver la sorprendente novedad y lo jaleábamos, como hicimos, agitando banderitas, cuando nos visitó el señor obispo, desde las cunetas de la polvorienta carretera. De la vieja carretera.
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