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La vieja carretera de aquella infancia libérrima, a pesar de la niebla escupida por el ferroso lubricán, bajaba con el río. Venía del oeste, de ... las tierras altas burgalesas, por donde llegaban aldeanos con reatas de burreños, cargados de borniza, que luego volvían con pellejos de vino a los ijares. A los niños nos parecían caravanas sacadas del pasado, pues el futuro se mostraba río abajo, en las bodegas y pequeñas ciudades riojanas, contradiciendo la copla que cantaban los jóvenes, haciendo la ronda a sus amadas, y que decía: «Por la carretera arriba tengo todo mi querer; por la carretera abajo no tengo nada que ver». Era una carretera sin asfalto, de baches y cantillos, que apelmazaban herraduras de mulas y llantas metálicas de ruedas de carros. Estaba bordeada por árboles centenarios: olmos, álamos blancos, moreras, que prestaban sus hojas primaverales al gusano de la seda, plataneros, nogueras…; y los niños buscábamos, en las viejas ramas, nidos de picacha y el dulzor de la algarroba. De vez en cuando, un picapedrero deshacía, a mazazos, cantos del río con los que el capataz rellenaba los baches, sin mucha fortuna.

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larioja La carretera