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En aquellos tiempos de mili y soldados, en los que, con la llegada de la democracia, el amor comenzaba a dejar de ser pecado, me ... tocó hacer la milicia universitaria y acabé con una estrella de seis puntas, como oficial eventual de complemento, en un batallón de artillería de campaña en la sierra madrileña. En aquel pequeño destacamento, por la noche, quedaba al mando el capitán de cuartel, acompañado por dos oficiales. Alguna vez, un capitán mandaba al alférez a la capital para que recogiera a su amante y pasar con ella la noche. Al ser pocos, había cierta confianza con los mandos y el alférez de marras, estando yo presente, comentó a su superior en una confidencia: «Mi capitán, ahora que ha llegado el divorcio, ¿por qué no deja a su mujer y se casa con la otra?». El capitán, que solía llevar, a veces, un revolver a la cintura, como en las películas del oeste, en lugar de la pistola del nueve largo que portábamos los demás, sonrió, se atusó el imponente bigote de Friolera, miró con condescendencia a su subordinado y contestó: «¡Qué infeliz eres y qué poco sabes de la vida! Si hago lo que tú dices, antes de un año estoy en las mismas y tengo otra amante». No sé si el capitán sabía mucho de la vida, pero conocía muy bien su propia naturaleza y distinguía perfectamente el vínculo familiar del sexo; hablar de amor me parecería excesivo.
Otro amigo de juventud, que no llegaba a los treinta, se había divorciado de una bellísima joven nórdica. Eran tiempos en los que, en general, no se convivía con la pareja hasta el matrimonio, pero mi amigo, que era muy reflexivo y había leído mucho, como buen profesor de literatura que era, se fue a vivir con ella dos años y, cuando comprobó que todo les iba bien, pasó por la vicaría y se casó. Antes de un año estaba divorciado y decía que era el vínculo lo que acababa con el amor.
Cada generación es distinta en estos asuntos de amor y sexo. La mayoría de mis amigos, de ambos géneros, se casaron con su primera pareja y, también la mayoría, sigue con ella después de treinta o cuarenta años con razonable amor o armonía; sin embargo, dos de cada tres nuevos matrimonios están abocados a la separación y al divorcio. Ni mejores ni peores tiempos, sólo distintos.
Otro buen amigo, harto de acoger en su casa a las sucesivas novias de su hijo, a las que cogía cariño, antes de que lo dejaran, le dijo muy seriamente: «Aquí no entra otra pareja tuya hasta que tengas fecha para la boda». Ni que decir tiene que no llevó a ninguna más, porque no estaba dispuesto a abandonar su costumbre de novias cambiantes.
Sobre estos asuntos de amor, sexo y matrimonio, nada es mejor ni es peor, sólo es distinto. Es simplemente la vida. Que, como el planeta Tierra, gira y da vueltas.
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