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En aquellos tiempos de mili y soldados, en los que, con la llegada de la democracia, el amor comenzaba a dejar de ser pecado, me ... tocó hacer la milicia universitaria y acabé con una estrella de seis puntas, como oficial eventual de complemento, en un batallón de artillería de campaña en la sierra madrileña. En aquel pequeño destacamento, por la noche, quedaba al mando el capitán de cuartel, acompañado por dos oficiales. Alguna vez, un capitán mandaba al alférez a la capital para que recogiera a su amante y pasar con ella la noche. Al ser pocos, había cierta confianza con los mandos y el alférez de marras, estando yo presente, comentó a su superior en una confidencia: «Mi capitán, ahora que ha llegado el divorcio, ¿por qué no deja a su mujer y se casa con la otra?». El capitán, que solía llevar, a veces, un revolver a la cintura, como en las películas del oeste, en lugar de la pistola del nueve largo que portábamos los demás, sonrió, se atusó el imponente bigote de Friolera, miró con condescendencia a su subordinado y contestó: «¡Qué infeliz eres y qué poco sabes de la vida! Si hago lo que tú dices, antes de un año estoy en las mismas y tengo otra amante». No sé si el capitán sabía mucho de la vida, pero conocía muy bien su propia naturaleza y distinguía perfectamente el vínculo familiar del sexo; hablar de amor me parecería excesivo.

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larioja De amor y sexo