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Una mañana, grabando para esta casa un reportaje con Julián Lacalle en la biblioteca del antiguo Sagasta, rogó a Justo Rodríguez que hiciera magia y ... lo retratara apareciendo y desapareciendo en un par de parpadeos, como si fuera un fantasma. Un hechicero que entraba y salía de una vitrina, siempre con la sonrisa pegada a la boca, la sonrisa pícara y traviesa que le precede y le sirve tanto para pedir un café (solo y sólo), concebir una portada perfecta o embarcar a los autores de su escudería en una misteriosa travesía con un plan de navegación infalible: nunca se sabe hacia dónde se viaja pero siempre se sabe que valdrá la pena. Con su risueño semblante de duende, Lacalle garantiza lo que promete: libros hermosamente facturados, metódicamente pensados y (también) sistemáticamente abonados a no saber qué será de ellos lejos de casa. Ese maravilloso factor de incertidumbre que maneja Pepitas explica la imbatible razón de su éxito: 25 años hablando con una calabaza sin esperar respuesta, pero encontrándola.
La estrategia de Pepitas de quitarse importancia evita que sus creaciones, y los autores que pastorea, se puedan contagiar de esa enfermedad contemporánea tan común: la fatuidad. Eliminado el factor vanidad, sus criaturas deambulan por los escaparates de las librerías con ese atributo de naturalidad adherido a tantas páginas memorables, donde late lo mejor de la cultura contemporánea en sus volúmenes de ensayo, mezclados con una proteica colección de ficciones donde se puede detectar el espíritu tan personal de Lacalle y su propensión al juego. Él mismo es un estupendo escritor que se prodiga menos de lo que debiera, porque se siente a gusto entre tinieblas y operando entre bambalinas puede dedicarse a su actividad favorita, la antedicha: hacer magia. Aparece una noche en una fantasmal estación de autobuses de Valencia para contarte sus nuevos proyectos con la clase de entusiasmo que le distingue, hace de nuevo hablar a las calabazas, te cuenta un millón de anécdotas de su trato con Cuerda o Armiñán, se escurre hacia la noche y reaparece en un bar del barrio del Carmen al cabo de unos días para pedirse otro café (sólo y solo) y sonreírle a la vida con ese bendito discurso tan heterodoxo, de raíz ácrata, que tal vez sólo él defiende en el universo editorial. Compartir su compañía, aceptar su benéfica tutela, es abandonarse a los versos de Borges en su poema 'Los justos': en efecto, Lacalle forma parte del linaje de tantos seres queridos que ignoran que están salvando el mundo, mientras rescatan del corazón de las tinieblas el alma de esa profesión que ama con el mismo espíritu desenfadado con que consigue que sus autores sientan que todos ellos (es mi humilde caso) pertenecen a lo mejor de Logroño. Abuhardillado más que agazapado en su pisito de la calle Portales, honra la tradición artesana de su oficio como aquel tipógrafo de las estrofas de Borges que compone bien una página que tal vez no le agrada. Es el que prefiere que otros lleven la razón. El que hacía magia en el Sagasta. El editor que hace hablar a las calabazas.
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