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El otro día me pareció verlo por la calle: a mi amigo invisible. Me dio que era él por la forma en que no me ... miraba, por su distancia simpática. El caso es que me acerqué a él y le pregunté directamente: «Perdone, no será usted por casualidad mi amigo invisible». Me pidió con un gesto que hablara bajito y me señaló con la barbilla la puerta de la cafetería más cercana. Una vez dentro se pidió un caldito. Estaba como aterido. De muchas horas de trabajo de calle. Me advirtió que no les estaba autorizado hablar con el amigo adjudicado, pero que ya que le había reconocido, haría una excepción.
Y su rostro invisible se fue entonando por el caldito. Yo siempre había tenido curiosidad por saber si tu amigo invisible lo es en exclusiva y de por vida. O no. Y empecé por ahí. Pero me confesó -como yo me temía- que es amigo invisible también de otras personas. Que en este momento llevaba a varios, de Logroño y provincia. Que si no, no le salía rentable. En realidad su situación laboral era un poco complicada, me fue contando, así, confidencialmente, como redivivo por el caldito. Era una especie de falso autónomo, o de autónomo invisible, que le facturaba a una empresa de servicios. «¿Y de qué tipo de servicios».
Pues una empresa que gestiona, con total discreción, aspectos de la suerte, de la salud, del dinero y del amor. Cosas que no siempre están a la vista. Y que opera todo el año. Máxime ahora, apostilló, que han cogido trabajo que antes estaba operado por reyes magos, parientes, quintos, compañeros de empresa, de gimnasio o de promoción, amantes. Todas esas entidades habían delegado en los servicios del amigo invisible. Por comodidad, falta de tiempo, pereza. Ahora, los perros también tienen amigo invisible. Se sacó del bolsillo un móvil, entró en una especie de Excel y tras consultarlo me dijo que conmigo llevaba de amigo invisible unos... cinco años, desde las Navidades del 2015, y que entones me había regalado el finalista del Premio Planeta, porque le habían marcado un tope de gasto bajo en aquella ocasión. Recordaba yo bien aquella Nochebuena y el libro. Que, claro, lo del límite de gasto no lo fijaban ellos. Y que a veces tienen problemas para ajustarse. También me dijo -lo que me agradó oír- que yo era de sus 'clientes', digamos, favoritos, porque era de los más agradecidos. Y que me tenía cogidos los gustos. Que había clientes muy bordes, pero que no podía prescindir de ellos, porque eran caja a fin de mes. Efectivamente, le confirmé, yo había notado que mi amigo invisible acertaba en los últimos tiempos, más que alguno bien visible. Libros, películas, discos o vino -el género que me va- que parecía me había leído dentro de mi cabeza. Que yo notaba que -quien fuera- me iba conociendo, vaya. De hecho, el amigo invisible de esta última Nochebuena me sorprendió por su delicadeza y oportunidad. No se me hubiera ocurrido ni a mí mismo. Me miró y me sonrió. «¿Y cuándo empezaste en esto?», le pregunté, ya apeándonos del usted. Me contó que había intentado otras cosas -vendedor a domicilio, tarotista, teleoperador- pero que en realidad no era lo suyo. Y que hacía siete u ocho años llevó su currículum a la empresa ésta, en la que trabaja ahora, y que lo cogieron a prueba para una fiesta sorpresa por unas bodas de plata; de amigo invisible de un director de banco, y que supo manejar bien el gasto -cuyo límite en este caso era bastante más alto- y las preferencias. Fue un éxito y ya estaba dentro. Le pregunté -porque lo veía cansado, ya digo- si podía ayudarle; que si, igual, no sé, era amigo invisible de algún amigo común y podía aconsejarle. Pero me dijo que la ley de protección de datos no les permitía facilitar información sobre su cartera. Que gracias. Le pregunté, por último, no sin un cierto pudor, por si era meterme en un terreno demasiado personal, si un amigo invisible como él podía también tener, a su vez, un amigo invisible. Le dio el último sorbo al caldito y me confesó que me agradecía la pregunta y que estaba contento de haberme conocido. Porque ambas cosas le iban a permitir despedirse de mí. Para siempre. «¿Y eso?». Me daba pena, coño. Pues porque había pedido el traslado a Navarra, me reveló. «Pero y por qué». Pues porque recientemente se había casado con una amiga invisible de allí. Eran compañeros de trabajo desde hacía años; habían coincidido en la gestión de varios eventos, siempre a medio camino, Tudela, Lodosa, y que el convenio consideraba un derecho adquirido, por razón de su veteranía, las relaciones sentimentales. Ahora fui yo el que lo miré. Le invité al caldito. Qué menos. Nos levantamos. Salimos de la cafetería. Nos abrazamos y quedamos como amigos. Como si nunca nos hubiéramos visto.
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