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En mitad de la sala, ellos. Como si estuvieran solos en el mundo. Hermosos y distantes, coronados de laurel, ajenos a las idas y venidas ... de los pocos visitantes que llegan hasta allí. No se miran, pero en su gesto se adivina la sombra de un abrazo. Orestes y Pílades. A veces los llaman con otros nombres pero, si son ellos, han estado a punto de morir el uno por el otro. Esquilo lo contó, y también Eurípides. Y que de aquel sacrificio los salvó Ifigenia, que los ayudó a escapar de Táuride llevándose con ellos la estatua de Artemisa, a quien dedican la ofrenda que alguien labró en mármol para que ahora podamos contemplarla.

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