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En mitad de la sala, ellos. Como si estuvieran solos en el mundo. Hermosos y distantes, coronados de laurel, ajenos a las idas y venidas ... de los pocos visitantes que llegan hasta allí. No se miran, pero en su gesto se adivina la sombra de un abrazo. Orestes y Pílades. A veces los llaman con otros nombres pero, si son ellos, han estado a punto de morir el uno por el otro. Esquilo lo contó, y también Eurípides. Y que de aquel sacrificio los salvó Ifigenia, que los ayudó a escapar de Táuride llevándose con ellos la estatua de Artemisa, a quien dedican la ofrenda que alguien labró en mármol para que ahora podamos contemplarla.
Orestes y Pílades, si es que son ellos, habitaron otros lugares antes de llegar a la sala 71 del Museo del Prado. En su historia se cruzan las historias de otros: la de quienes los encontraron en un jardín romano; la de la reina Cristina de Suecia y su famosa colección de obras de arte; la de Felipe V e Isabel de Farnesio, que los trajeron a España... Y las de los artistas que los dibujaron y los pintaron en sus cuadros. Y las de los escultores a quienes se encargaron innumerables copias en mármol, como la que compró Catalina II de Rusia o las que viajaron a los jardines de Versalles y los palacios de media Europa, o en yeso, como la que adornó el vestíbulo de la casa de Goethe. O la que llegó a Logroño a principios del siglo XX.
Aquí no vinieron solos, claro, sino como parte de la colección del 'Museo de reproducciones artísticas y de arte moderno' que albergó durante años el Instituto Sagasta.
De aquella colección quedan, como una reliquia de otro tiempo, las esculturas y relieves que ahora ocupan los pasillos de la Escuela de Artes. Una Diana cazadora. La pareja de luchadores griegos. Venus recién salida del baño... y Orestes y Pílades. En su historia también se cruzan las historias de otros. Las de los visitantes de aquel museo lejano cuyo recuerdo permanece en las fotografías en blanco y negro, las de generaciones y generaciones de estudiantes, las de quienes, ahora, los visitamos de vez en cuando y recorremos los pasillos de la Esdir con la sensación de estar rodeados de gigantes.
La luz que entra por los ventanales los disfraza de mármol y alabastro pero, en realidad, están hechos de yeso.
Los años los ha tratado mejor que a muchos de los que los rodean. Quien más quien menos ha perdido un pie o una mano o muestra sin pudor una pantorrilla hueca o un vástago de metal desnudo que en realidad tendría que sujetar una cabeza... pero, aún así, conservan su dignidad de estatuas.
Indiferentes al paso del tiempo y de las estaciones, aquí también parecen ajenos a las idas y venidas quienes los miramos. Puede que se pregunten quiénes somos, que sospechen que nos quedamos con las ganas de saber de qué hablarán en las conversaciones que tengan por las noches o qué pensarán cuando nos ven pasear a su lado, si nos dedicarán la misma atención con la que los observamos o si ni siquiera reparan en nosotros, pues ellos están a otras cosas, trepados en sus pedestales de madera.
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