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Antes nos parecía más grande. Como todos los territorios de la infancia. Solo que aquí resulta que es verdad, porque la iglesia que conocimos de ... pequeños los niños de Valgañón era distinta de la de ahora. Le sobraba un trozo. O le faltaba, según se mire.
Le faltaban los monstruos. Los que habitaban el ábside románico que pasó casi dos siglos oculto a las miradas de todos. Los leones, el dragón alado, el basilisco... criaturas feroces que ocupaban calladamente los capiteles de aquellas ventanas invisibles, por las que nunca entraba la luz.
Entonces nosotros no sabíamos que estaban allí escondidos, claro, encerrados tras los muros. Nos enteramos después, cuando ya nos habíamos hecho mayores y no nos asustaban esos monstruos sino otros; lo supimos cuando desmontaron las paredes que los habían tenido ocultos tantos años y de pronto pudieron volver a ver el sol y la luna y distinguir los días de las noches. Y puede que todo les pareciera nuevo, y que, al contemplar por primera vez la fuente y los castaños y las caras de las gentes cayeran en la cuenta de que el mundo era distinto del que habían conocido ellos y de golpe recordaran lo que era el tiempo.
Ahora cumplen ochocientos años. Los monstruos y las demás piedras de Tresfuentes. Eso dice la inscripción grabada en uno de sus sillares, solo que lo dice en latín que es como se dicen estas cosas. VII die mesi noubris * anno gre: MCCXXIIII. Día: siete, mes: noviembre, año 1224. En eso tampoco nos fijábamos de niños, claro, cuando subíamos a llenar las cantimploras para las excursiones o a hacer merendolas de kas y gusanitos allí, donde los árboles. Ni sospechábamos que aquellos días nuestros también iban a quedar grabados en la memoria de las piedras, igual que habían quedado los días de quienes habían estado allí antes que nosotros. Porque las piedras, a fuerza de estar quietas, se acordaban de todo. De quienes vieron los leones recién labrados en los capiteles de la iglesia, de quienes oyeron contar milagros y recitar romances, de quienes, de pronto, se enteraron de que el mundo era redondo y se le podía dar vuelta si uno se subía en un barco, de quienes se fueron a la guerra, de quienes volvieron y de quienes no, de quienes estrenaron la fuente de tres caños que nunca deja de dar agua, de quienes salían en las fotografías muy serios y vestidos de domingo, de quienes bailaban en las romerías, de quienes no se atrevían a bailar con quien querían, de quienes nunca vieron el mar... Las piedras se saben todas las historias. Las nuestras también, claro. Así que puede que, dentro de ochocientos años, se las cuenten a otros.
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