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Bosonit dice que no se instalará en el Cascote Viejo de Logroño y yo, como antiguo defensor del proyecto, no puedo sino plegar velas y ... felicitar a quienes se dedicaron a poner gozosamente piedrecitas en su camino. Se va Bosonit, que nos iba a dejar una empresa con doscientos trabajadores y un edificio firmado por uno de los mejores arquitectos del mundo, y nos quedamos con el agujero.
Hay que aceptar la derrota sin resquemores. Gritemos todos a una: ¡Viva el agujero! ¡Viva el Cascote Viejo de Logroño, casi tan hermoso como el de Calahorra! Estas cosas hay que celebrarlas. Aun recuerdo el impacto social que tuvieron las cartas de Icomos y de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (un ratito a pie y otro caminando), doliéndose del impacto estético que supondría el edificio de Kuma para los peregrinos y no la belleza deslumbrante, prístina, que ahora desprende el solar.
Sería bonito festejar la recuperación ciudadana del agujero con un concierto que mezcle las obras de Tomás Marco, director de la Real Academia y afamado compositor, con las de los reguetoneros más escuchados por aquella zona, empezando por John Pollön y siguiendo por Omar Montes. Qué fiestón, qué mestizaje: íbamos a dejar al Muwi en pelotas. Habrá que invitar a chupitos a los ecologistas, que también habían protestado por lo de Bosonit y no me extraña: un edificio así hubiera sido letal para la fauna, rica en roedores y blatodeos, que a veces corretea por aquel paraíso de la biodiversidad.
Menos mal que pronto han llegado los arbitristas y ya saben qué hacer con el solar. Edificar viviendas para alquiler social suena muy bien, parece una idea imbatible. Habrá que ver si alguien las hace y si dentro de diez años sigue vigente la «alarma habitacional» –la vida da muchas vueltas y ya llevamos explotadas dos o tres burbujas–. Habrá que ver, en fin, si luego alguien quiere alquilar esos pisos o descubrimos otra vez con estupor que los indígenas huyen del Cascote Viejo y prefieren gastarse más dinero para pirarse a Cascajos, a La Cava, a Valdegastea o incluso a Navarrete, agudizando la sensación de gueto del cogollo de la ciudad.
De todos modos, si se construyen viviendas sociales, al menos nos garantizamos la edificación de un inmueble gris, chato y feotón que empaste perfectamente con el entorno y no distraiga a los estetas que se arroban hasta las lágrimas con la contemplación asidua de la aguja de Palacio.
Es cierto que las empresas no son Hermanitas de la Caridad –tampoco esta– y solo van a lo suyo, aunque reconozco que yo en su caso hubiera aguantado mucho menos y hace tiempo que me habría largado al primer polígono navarro que pillase. Al menos su propuesta era una solución imaginativa para recuperar una zona deprimida. Si lo de las viviendas sociales no sale, quizá podamos aprovechar el descampado para instalar allí en una caseta de uralita un Centro de Interpretación del Cascote Viejo, con sus edificios caídos, sus torreones aparecidos y desaparecidos con nocturnidad y alevosía, sus casinos arruinados, sus borrachos meándose, sus despedidas de soltero con diademas de penes. Sería muy instructivo y podríamos salir de nuevo en el Daily Mirror.
Y, si no, siempre podemos poner un bar.
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