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María Aguirre
Lunes, 31 de marzo 2025, 12:04
05.45 horas de la mañana. Queda poco para que el alba se deje ver en la capital riojana y Redouane Jellal, vicepresidente de la ... mezquita Al Firdaus de Logroño, empiece su rutina. Una que se remonta, este año, al pasado mes de febrero, concretamente al día 28. En esa fecha empezó lo que para los musulmanes es un mes sagrado para conectar con ellos mismos, pero, sobre todo, con su Dios Alá.
A esa hora que preludia la madrugada es cuando Redouane, y todos los fieles, empiezan con el primer rezo de cinco: Subh (Fajr). A partir de entonces no pueden ingerir nada, sólo después del cuarto rezo (Magreb), que es cuando rompen el ayuno. Un momento que se conoce como Iftar. «Es un periodo para sentir lo que pasan muchas personas que no tienen dinero ni para vivir. Significa un descanso para el cuerpo», explican Redouane y Mourad Betache, presidente de la misma mezquita.
Aunque «cada uno lo hace como quiere», suelen ser tres dátiles y algo de beber –como agua, leche o zumos– lo que toman para romperlo después de varias horas, ya que el cuarto rezo tiene lugar sobre las siete de la tarde. «El dátil da mucha energía, además así lo hacía el profeta, y nosotros queremos seguir sus pasos», comentan.
Mourad Betache
Presidente de la mezquita Al Firdaus
Redouane Jellal
Vicepresidente de Al Firdaus
En ese horario la mezquita logroñesa se llena de todos los fieles que quieran acudir a vivir el Ramadán en comunidad, que no son pocos, porque –como explicaban Redouane y Mourad– «nos juntamos entre 70 y 80 personas todos los días». Entre ellos, hay mujeres que ayudan a preparar la comida, porque además de dátiles hay «sopa, arroz, tortas...», y también quienes contribuyen en el reparto.
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Un poco más tarde, sobre las nueve de la noche, da comienzo el quinto y último rezo obligatorio (Ichaa). Es entonces cuando el ayuno puede romperse hasta las 5.45 horas de la mañana siguiente, antes de que todo vuelva a empezar de nuevo. «En ese margen de tiempo podemos ir al gimnasio, comer, beber y tener relaciones sexuales», afirman. ¿Y fumar? «También, aunque es algo que consideramos perjudicial para el cuerpo, pero hay quienes lo hacen», confiesan. Y es que, aunque muchas personas puedan pensar que se hace complicado ayunar o abstenerse de ciertas prácticas, «cuando lo haces con fe no supone ningún sacrificio», añaden. Y, hablando de fe, después de este último rezo obligatorio, los fieles pueden seguir haciéndolo con una suna, es decir, voluntario, que recibe el nombre de Attarawih. Este, a diferencia de los rezos obligatorios –que siempre que se pueda tienen que hacerse desde la mezquita–, puede realizarse en cualquier lugar, como «desde tu casa, jardín...».
La religión musulmana, fuera de los estereotipos, «es muy flexible, y la rutina de este mes es normal». Las personas mayores con más de 70 años no tienen que hacer el Ramadán. Tampoco aquellas que sufren alguna enfermedad, mujeres embarazadas o con el periodo. Ni incluso aquellas que han sufrido alguna operación. Sin embargo, dentro de este colectivo hay una serie de especificaciones: «Quienes hayan sido operados no tienen que hacerlo, pero sí recuperarlo cuando ya estén en condiciones, al igual que las embarazadas cuando ya no suponga un peligro para el bebé, o las mujeres con el periodo –que ni rezan ni cumplen el ayuno–», explican.
En este caso «recuperarán sólo el ayuno, que dependerá de los días que lo hayan tenido, y podrán hacerlo durante todo el año, antes de que empiece el siguiente Ramadán», aclaran. ¿Y en el caso de los que sufren alguna enfermedad? «Ellos no tienen que hacerlo ni recuperarlo, como yo, que soy diabético», narra en primera persona Mourad.
A pesar de vivir este mes sagrado fuera de casa, Redouane y Mourad coinciden en sentirse como en ella. «La Rioja es una región multicultural. Estamos encantados. Antes sí que había más desconocimiento del Ramadán», comentan sonrientes.
En este sentido, Mourad nos relata una anécdota personal: «Me pasó hace muchos años en un trabajo. Sabían muy poco sobre esta religión y cuando dijeron de hacer la comida de empresa se sorprendieron al decirles que yo no podía acudir. Fue entonces cuando me preguntaron y entendieron la situación. Hasta cambiaron la comida por una cena». Una historia que recuerda entre risas, sobre todo al mencionar que «al principio no se lo creían y me decían si hablaba en serio».
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