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«He trabajado de todo hasta deslomarme, pero lo más duro es esto, tener que pedir. Entresacar remolacha es muy duro, arrancar habas a mano era terrible, aunque lo peor era esquilar, porque estabas ahí doce horas y tenías que beber 10 litros de agua; yo lo comparaba con los ciclistas, pero más horas que ellos todavía. Pues pese a todo, con lo que más sufro es con esto. A mí hoy todavía me da vergüenza cada día cuando me pongo a pedir. Dormir en la calle no, pero pedir sí, me avergüenza».
A sus 71 años, los cumplió en marzo pasado, Elías es una de las 158 personas sin hogar que el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) contabiliza, con datos del pasado año, en La Rioja. Los registros nacionales fijan esa cifra en 28.552, de los que 7.277 pasan la noche a la intemperie en parques, calles, cajeros y soportales entre mantas y cajas de cartón. Otras estimaciones elevan el número regional de 'sin techo' hasta los casi 400. De hecho, en 2022 Cáritas atendió en la comunidad a 358 personas en situación de 'sinhogarismo', 338 hombres y 20 mujeres, un colectivo «sin acceso a derechos, en total desprotección social y en una vulnerabilidad extrema», señala Joaquín Yangüela, responsable de Integración Social de la entidad.
Elías es uno de ellos, uno de los invisibles de la calle. Se despierta cada día al raso, a la entrada de un comercio o en el recodo de algún pasaje de la capital riojana. Sin presente y, por desgracia, salvo milagro, sin esperanzas de futuro.
Elías Logroño | 71 años
Su principal inquietud son los achaques, que ya le han empezado a pasar factura: «Mi mayor miedo es la salud, quiero mantenerme, si son cinco años, pues cinco; y si son diez, diez, pero vital. Eso de que mañana no puedas hacer nada... Yo intento cuidarme precisamente por eso, para conservar la salud», asegura a las puertas de un invierno que no sabe qué le va a deparar. «No tengo ni idea de cómo voy a afrontarlo, porque el año pasado no me dolían las rodillas, pero este año sí y casi no puedo bajar las escaleras, tengo que andar con mucho cuidado y no sé cómo el frío me atacará a los huesos», se lamenta para admitir, entre dientes y sin grabadora de por medio, que «ojalá, si empeoro, me dé algo y acabe pronto, sin tener que acabar arrastrándome en las calles y sufriendo».
Pastor a los 14 años, empleado de una firma de amortiguadores de automóvil durante casi década y media, emprendedor, cooperativista, empresario, esquilador… Elías extrae con mimo de su mochila tres folios de la Seguridad Social cosidos por una grapa. En ellos se detalla una extensa vida laboral que arrancó en los años sesenta del siglo pasado. Sudor, agujetas, calambres, jornadas agotadoras y eternas… Mucho dinero ganado a pulso para garantizarse una vida acomodada para él y los suyos y una jubilación de ensueño que jamás llegará. Documentos oficiales ajados y convertidos en papel mojado desde que se abrió el abismo a sus pies y se derrumbaron todos los sueños.
«Te encuentras en la calle y sin nada después de haber cotizado 42 años y 8 meses, sin posibilidad de pensión por una deuda de 45.000 euros con la Seguridad Social, debido a los impagos de unos acreedores, que con los años ha subido hasta los 90.000», resume Elías antes de iniciar el relato de una vida que arrancó en un pueblo castellanoleonés en marzo de 1952.
«A los 14 años cuidaba ya ovejas y con 17 marché para Bilbao, donde entré en una fábrica de amortiguadores en la que estuve 11 años, muy bien por cierto. Estaba al final en prototipos y ganaba mucho dinero, pero ahí hice una de las primeras locuras que cometí en la vida. Pedí el traslado y me mandaron a la delegación de Madrid, donde estuve dos años, con piso, coche y ganando muy bien. Pero dejé la fábrica porque mi mujer se me iba con los hijos a Extremadura. Yo me fui también para allí por estar cerca de ellos y puse una tienda de repuestos. Muy bien. Yo todo lo que he hecho lo he montado de maravilla, pero luego, al final, por culpa de alguien… de repente zas», narra.
Nombre Elías | Logroño, 72 años
El primer zarpazo del destino llegó un domingo electoral, eran unas elecciones municipales con Adolfo Suárez en la Presidencia del Gobierno. «Esa mañana se incendió el almacén (un fuego provocado, asegura) y de tener todo pasé a quedarme sin nada, porque entonces no había seguros ni nada». Volvió a sus orígenes. Regresó al pastoreo para tratar de amasar los ahorros suficientes, sin dejar de rumiar un nuevo plan laboral al que dio vueltas durante meses: la puesta en marcha de una empresa de lejías y detergentes. «Era una cooperativa, pusimos 600.000 pesetas cada uno de los 24 socios y solo la nave que hicimos costó 32 millones de pesetas. Triunfé con aquello, metí dos marcas, una para grandes superficies y otra para los 'Todo a 100'. No dábamos abasto», rememora Elías con orgullo, antes de volver a torcer el gesto. Su vida saltó hecha añicos una noche al descubrir que su esposa -y madre de sus tres hijos- mantenía una relación con uno de sus socios de mayor confianza. Rompió con todo, dejó la cooperativa -«Cerró cuatro meses después», aclara con una sonrisa pícara- y retornó a la casilla de salida. «Me volví a cuidar ovejas a medias con uno. Entré con 180 animales y a los 4 años teníamos ya mil y pico, pero estabuladas en unas naves que monté. Me dio mi parte y con ese dinero me puse a hacer chapuzas de pintura y alicatado, había aprendido en la mili, y, a la vez, me dedicaba a la esquila de ovejas, con una clientela de más de 250.000 animales, con cuatro cuadrillas por toda la zona castellana». Volvió a entrar el dinero y afloró de nuevo su vena empresarial.
«A través de las chapuzas contactaron conmigo unos promotores que me encargaron hacer todos los trabajos de dos proyectos, uno de 94 adosados y otro de 62. Era el año 2005 o 2006. En el contrato ponía pagarés a 30 días, pero el primero llegó a los seis meses, consulté con la entidad bancaria y me aseguraron que no había problema, pero el tercer pagaré, de 600.000 euros, vino devuelto, y, además, había otros seis en marcha. Paramos las obras y en esos meses no pude pagar la Seguridad Social de mis empleados, acudí al juzgado, pero ese grupo tenía 17 empresas, una de ellas de promociones, y reconocieron la deuda pero se declararon insolventes».
Los embargos le acercaron un poco más al precipicio. «Yo tenía mi piso pagado, una casita de campo, coche, todo pagado y me quedé sin nada, todo me lo quitaron, todo», se lamenta. «Era 2008 y pasé un año… Estaba en las nubes, caído total, me había separado dos años antes, y empecé con una chica joven, me fui a vivir con ella y se quedó embarazada», prosigue en el recorrido por su vida. La noticia no le sentó nada bien a su ex mujer. «Yo había firmado con ella que le pasaba 400 euros de por vida y cuando tenía dinero le daba 500 o 600, sin recibos y sin nada, pero cuando me quitaron todo dejé de darle. Me denunció por todos los años y yo no tenía forma de demostrar que le había pasado dinero», explica antes de rememorar el comienzo de la peor de las pesadillas y la caída definitiva a los infiernos.
«Al final acabé en 2016 en la cárcel y pasé dos años y dos meses. Ahí se partió todo, la familia, todo… Cuando salí de prisión, el 15 de julio de 2018, me fui a la campaña de la naranja, iba a vendimiar, a todo lo que me salía. Lo único que no pude fue esquilar, porque con 68 años mi cuerpo ya no podía, lo intenté, pero a los cinco días creía que me moría». Con su edad nadie quería contratarlo y amigos y conocidos le dieron la espalda: «A un compañero de prisión, al que yo había ayudado mucho dándole dinero para sus hijos, le llamé y me dijo que fuera para Alicante, pero me dejó tirado». Lejos de su hogar, Elías se vio en la calle sin más salida que la mendicidad.
Elías Logroño | 71 años
«Me pasé tres días sin probar ni un bocado, nada, ni un café. Así que cogí un bote y empecé a pedir, era ya la pandemia y recogía colillas del suelo para fumármelas a ver si me contagiaba, me daba ya todo igual, pero no pillé nada. Me robaron toda la ropa, dormía en el suelo en la calle…». Le hablaron de la parroquia de un pueblo cercano y marchó para allí con lo puesto. «Me ayudó el cura, me dio 20 euros, dormía en cajeros y mucha gente se volcó conmigo», relata Elías con lágrimas en los ojos al recordar el día que se le acercó un hombre y le dijo 'Mire, estoy hipotecado hasta las cejas, pero voy a hacer un feliz día para mí y para usted'. Me entregó 100 euros y en los diez días que pasé allí la gente me dio seiscientos y pico euros. No se me olvidará nunca ese pueblo, al que he vuelto alguna vez solo para saludar a esa gente», añade con la voz entrecortada por la emoción.
Las puertas del averno se cerraron de golpe en esa época y hoy, algo más de dos años después, siguen selladas mientras Elías sufre, sueña y se desespera atado a una doble vida con base en La Rioja: «Ninguno de mis hijos sabe nada de esto, de la vida que llevo. Ni los tres mayores, que viven en Castilla y León, ni el pequeño, de 14 años, que está Cataluña. Creen que trabajo, pero nadie me quiere contratar, entonces pido y ahorro para ir a verles. De Logroño voy hacia Castilla y León, paso unos días con ellos, les doy algo de dinero, vuelvo aquí y voy hacia Cataluña para hacer lo mismo con el otro, el pequeño».
Sin vicios, salvo algún pitillo, solo bebe agua y café. Se emociona, se ilusiona -su cabeza todavía le da vueltas a algún proyecto emprendedor- y habla sin reparos, con ganas de soltar lo que lleva dentro, pero sin quitar ojo a sus dos grandes tesoros: el saco de dormir y un móvil de prepago en el que lleva las fotos de sus hijos, nietos y bisnietos y que, además, le permite hablar cada día con la hija menor de su matrimonio.
Elías Logroño | 71 años
«Llevo dos años así. Durmiendo en la calle, comiendo en la calle y cenando en la calle. He llegado a dormir varios días a la puerta de una iglesia a ocho grados bajo cero y los vecinos me bajaban ropa, chocolate y dinero, pero el cura no fue capaz de preguntarme ni una sola noche si tenía frío y quería pasar a calentarme un rato. Siempre en la calle, no me queda otra, porque, desde que estuve en la cárcel, no puedo dormir en un albergue con más gente y con la puerta cerrada, me resulta imposible. Tampoco puedo ir a los comedores sociales porque siempre hay peleas, hay gente que llega borracha y se mete conmigo por la edad y porque yo no bebo», narra, para admitir que «en la calle me he encontrado gente maravillosa, pero también muy mala y por eso busco dormir donde pueda evitar los peligros y especialmente a otros que están en la calle. A mí me han llegado a mear tres chavales, otros me tiraron cerveza por encima y también me han echado excrementos de perro. Pero los robos son de los que están en la calle, de los compañeros».
Hasta el cierre de la antigua estación de autobuses de Logroño, su viejo patio era su santuario seguro: «Aunque con los autobuses no pegas ojo en toda la noche, me echaba en un banco, me llevaba muy bien con el de la cafetería, utilizaba la fuente cercana para asearme y guardaba las cosas en la consigna para no ir cargado con ellas todo el día y evitar que me las robaran».
Con el estreno de la nueva terminal se ha quedado sin 'hogar'. «Hoy he dormido en la calle Galicia y mañana ya veremos. En los cajeros antes podías entrar, pero ahora los han modernizado y no hay manera. Entonces, pues nada, hay entradas de accesos a tiendas que no tienen persianas y allí te metes. O en pasajes, aunque suele haber muchas corrientes y duermes muy intranquilo».
Con la llegada de los meses fríos, la apertura de los puestos de castañas y la instalación de las primeras luces navideñas a Elías le han notificado también la concesión de una pensión no contributiva: 484 euros al mes. «La esperaba con unas ganas tremendas, pero se me han complicado aún más las cosas con el hijo adolescente, porque al la custodia la madre, el juez me obliga a pagar 200 euros todos los meses más la mitad de todos los gastos extras que haya: ropa, calzado, dentista, libros… Entonces voy a estar en la misma situación que antes o peor, porque estoy obligado a ello y los meses que no pueda sacar nada, pues igual no me llega. No hay manera, si a los 484 le quitas 200 y pagas por una habitación 250 pues tienes que seguir en la calle para comer», concreta Elías, temeroso a una posible denuncia futura.
San Antón
Estación
Galicia
Estación
El calor y el buen tiempo facilita una solidaridad que decae en el otoño y se desploma en los meses invernales. «La gente va con el abrigo y la bufanda, y si llueve algo, con el paraguas en la mano, entonces olvídate. Con el frío te dan la tercera parte o menos. ¿Tú crees que una mujer va a quitarse el guante para abrir la carterita, darte la moneda y ponerse otra vez el guante? Olvídate. Y si está lloviendo, nada; en una mano el paraguas en la otra la bolsa o el bolso... Con cuatro gotas que caigan, olvídate», remacha.
Con la vergüenza de verse obligado a sobrevivir de la mendicidad, asegura que, pese a todo, «el clima me da igual, el suelo me da lo mismo... El problema es la gente, hay personas que te insultan, que te miran mal». Y lo ilustra con un ejemplo reciente: «Una señora bien vestida pasaba del brazo con su marido por la calle San Antón y unos metros después empezó a decir 'Sinvergüenza, con 70 años pidiendo en la calle, no habrá trabajado en su vida'. Hay que ser mala persona, eso te envenena», asevera dolido, para insistir en que «en la calle hay gente que me mira mal, muy ma. Sí que hay gente que me mira muy bien, me da ánimos y demás, pero hay un 20% de gente que te mira fatal. No robo, no ocupo, la gente debe dejarme tranquilo pedir, que no hago daño a nadie. No hablo a nadie si no me hablan, nada más que para dar las gracias. Pero hay gente que no quiere a los pobres, ¿sabes?».
También entiende la incomprensión de muchos ciudadanos. «Aquí en Logroño hay mucha competencia. Esta mañana me he puesto y a la hora se ha colocado uno a treinta metros, un chaval con un perrito; he tenido que irme para otro lado e ir buscando dónde ponerme. Ahí donde Ibercaja, en la Gran Vía, había otro, otro en el Lupa… Por la mañana casi no tienes donde ponerte. El señor que has visto hablando conmigo es al que le tuve una habitación cogida en mayo, me cobraba 10 euros diarios. Ese recibe 1.300 euros de pensión y tiene el piso de sus padres y las tres habitaciones alquiladas, a 250 euros al mes cada una, pero está pidiendo. Hoy ha sacado 35 euros y todos los días va por ahí pidiendo a la gente», critica para defender que «eso lo tenían que mirar un poco. Yo creo que el que lo necesita que pida, pero hay bastante gente que está cobrando una paga de 700 u 800 euros de la ayuda esa y están ahí. Le dices a un chaval que puede ir a la vendimia, pero no va porque cobra 700 euros de ayuda y con otros 30 o 40 que se saca aquí vive como un rajá».
No se rinde, pero cada vez le cuesta más soñar: «Más ayuda no voy a recibir, es imposible, ni jubilación. Me lo han mirado, pero no hay manera por la deuda con la Seguridad Social», admite con un descarnado realismo. Se avergüenza, pero no se queja: «De mi vida cambiaría el tener unos años menos, pero con la experiencia que tengo ahora. Es más, si volviera a nacer me gustaría estar seis meses en la cárcel, porque allí es donde ves que hay gente muy buena y gente muy mala y yo siempre había creído que toda la gente era buena. Yo he confiado en todo el mundo, pero hay gente fenomenal y hay gente que te la está clavando».
Elías Logroño | 71 años
No se engaña, pero tampoco baja los brazos: «Lo peor que he hecho en mi vida es esto, pero no hay otra salida. Yo ayudé a mucha gente, unos me lo agradecieron y otros no. Es lo que toca. He estado a punto de caer alguna vez en el alcohol y también se me ha pasado por la cabeza acabar con todo, sobre todo la primera vez que me arruiné. Estuve ingresado 15 días porque intenté cometer una locura. Traté de quitarme la vida por desesperación, pero ni para eso tuve suerte. Ahora, pese a la situación, no se me pasa por la cabeza», concluye, no sin antes rechazar unas monedas. «Hoy se ha dado bien y tengo para comprar algo cena en el súper. Me has vuelto a pagar el café y me has escuchado, con eso me vale», se despide camino del pasaje donde volverá a pasar la noche tal vez con el sueño de que un día llegue un amanecer distinto. Más feliz.
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