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Se trata de un rito casi tan asentado como el de la propia celebración litúrgica: poco antes de recibir la comunión, dos o tres feligreses se levantan, cogen un cestito de mimbre y lo van pasando de fila en fila. Los asistentes bucean entonces en sus bolsillos, algunos hasta el límite de la espeleología, y depositan discretamente su óbolo. Céntimo a céntimo, con las monedas que caen el cepillo, las parroquias se las apañan para resolver sus pequeños (o tan pequeños) gastos. «El dinero que se recoge es para atender labores de mantenimiento y, además, toda serie de obras sociales que se realizan. Luego existe lo que se llama el Fondo Común Diocesano, al que cada parroquia aporta el montante que le corresponde», explica Carlos de la Concepción, párroco de la Sagrada Familia (Logroño).
Pero el COVID ha truncado en buena medida esta cotidiana fuente de financiación de las iglesias. «Al bajar la asistencia, baja la cantidad que aportan los fieles, eso es evidente –señala De la Concepción–. Además, al no poder pasar, por cuestiones higiénicas, el cepillo por los bancos, todavía resulta más difícil. Los cepillos se dejan en su sitio y son los feligreses los que deben acercarse a ellos. Nosotros habremos caído en torno a un 25%». La merma varía de parroquia en parroquia, pero en general ha sido muy apreciable. «Hay un verdadero problema, desde luego. Muchas iglesias ocupan edificios grandes, con necesidad de renovación, los gastos de luz, de gas..., e incluso en geles», apunta Ángel Domínguez, párroco de Santo Domingo de Silos (Logroño). En su caso, la pandemia les ha pillado en plenas obras para sustituir la vieja techumbre de uralita: « Empezamos las obras el 3 de febrero y no hemos podido concluirlas. En nuestro caso no puedo cuantificar la disminución, porque, al estar metidos en esta obra, la gente nos ha ido apoyando con donativos. Han aportado bastante porque había necesidad, y aún así lo tendremos que hacer con el respaldo de la diócesis».
La merma sí ha resultado muy apreciable al otro lado del Ebro, en la parroquia logroñesa de San Antonio. «Yo calculo que habremos recibido un tercio de lo que recogimos el año pasado –explica el sacerdote José Ramón Pascual–. En nuestro caso se han juntado varios factores. En primer lugar, por supuesto, el descenso de afluencia al templo por el temor razonable a los contagios. Pero, además, al estar el puente de piedra cortado, algunos de nuestros feligreses que solían venir de la otra parte del río han dejado de hacerlo».
En otros lugares, sin embargo, han capeado mejor el temporal. Por ejemplo, en la parroquia de los Santos Mártires, en Calahorra: «Aquí no hemos notado un descenso notable, porque los donativos particulares han venido a reemplazar a la colecta con el cepillo. Se apreció, como es evidente, en marzo y en abril, por motivos lógicos, pero luego se ha recuperado», apunta su párroco, Juan Pablo López.
En lo que todos coinciden es en que, desde el confinamiento, la afluencia no se ha recuperado. «Hay mucha gente mayor que ha dejado de venir, o bien porque tienen miedo o bien porque lo tienen sus hijos», reconoce López. Y desde la Sagrada Familia, Carlos de la Concepción apostilla: «El precepto dominical solo obliga a los que puedan realizarlo. Y hay muchos feligreses que no pueden: porque son ya mayores, con más de 80 años, personas de riesgo, con miedo». Pese a tanta incertidumbre, los párrocos tratan de avivar la esperanza en unos fieles cansados y preocupados: «Nosotros seguiremos diciendo a la gente que debemos cumplir todas las normas civiles, ser responsables y mantener viva la ilusión», indica De la Concepción.
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