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Bares que resisten al invierno demográfico y al meteorológicoFoncea Bar restaurante El Trillo
El bar restaurante El Trillo de Foncea permanece abierto todo el año, aunque en invierno el horario cambia. Entre semana, a partir de las seis; los miércoles, que abre el Ayuntamiento, desde las diez; y sábados y domingos desde las diez de la mañana hasta la noche.
Detrás de la barra se encuentra Rolando Casimiro, «aunque desde hace casi dos años todos me conocen por 'Kaká'», explica. La historia del portugués en el bar de esta pequeña localidad riojalteña de 93 habitantes ha sido intermitente. «Estuvimos llevándolo hace nueve años y hemos vuelto hace año y medio. Cuando yo conocí a mi mujer, Ainhoa, llevaba este bar. Así que comencé a trabajar con ella».
La pareja vive en Miranda, y también lleva el bar de las piscinas de Treviana. «En invierno no abrimos por la mañana porque para dos cafés no merece la pena. A partir del mes que viene ya abriremos de doce a tres y de las seis al cierre», cuenta. «Entre semana viene muy poca gente. Las señoras a echar la partida, los clientes de siempre… el fin de semana es otra cosa». Los clientes ya son casi de la familia. «A veces el alcalde (Pedro Luis Orive) me dice que hay alguna queja, pero es que si me enfado es porque tengo razón. ¿Que igual a veces levanto un poco la voz? Pues es posible, pero ya me conocen».
Rolando Casimiro 'Kaká'
Responsable del bar El Trillo
La clientela tiene de 30 años en adelante. «Lo bueno del fin de semana es que hay un vermú con la gente del pueblo. Todos vienen porque llenamos esto de pinchos. Mi mujer cocina como un ángel y la gente de aquí lo sabe».
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Los hermanos Iván y Javier Cerezo aparecieron al poco de abrir, fieles a su cita. Con sus puestos en la barra habituales, pedían sus cafés. «Aquí cuando más gente hay es sobre las ocho –comenta Javier–. Podemos llegar a estar quince». El día que más gente reúne del año es el de la prueba 'Foncea Trail', que acoge más de un millar de participantes llegados desde varias provincias. «Ese día siempre me veo sobrepasado», reconoce Kaká. Informa María Caro
San Román Bar restaurante Monte Real
Antiguamente, cuando no había restaurantes en la zona, las casas de los propios lugareños eran las que daban comidas. La madre de Nuria Moreno, actual dueña del restaurante Monte Real, en San Román de Cameros, fue una de ellas. En 1990, el establecimiento estaba lleno de vacas y cerdos, ya que su padre era ganadero. Sin embargo, como vieron que la afluencia de gente era cada vez mayor, decidieron, hace 33 años, en 1992, cambiarlo por una entrada con barra, mesas y sillas, y un comedor al fondo donde servir las comidas.
Trece años después, aumentaron el negocio abriendo las puertas de una casa rural ubicada en el mismo pueblo. «Ahora todo funciona diferente, antes los pueblos tenían más habitantes y, por tanto, había más consumo y trabajo», comenta Nuria. Una situación complicada durante la semana: «El problema es que de lunes a viernes hay poco trabajo, y el finde demasiado. Es muy extremo y se nota», añade.
En pueblos de la España vacía, como San Román de Cameros, de 126 habitantes, acceder a mano de obra externa es tarea difícil. Por esta razón, intentan mantenerse a través del trabajo constante, intentando avanzar todo lo posible cuando pueden.
Nuria Moreno
Monte Real (San Román)
Lalo Hervías
Las Huellas (Soto en Cameros)
Así lo muestra Nuria, quien considera que «lo familiar es lo que consigue perdurar. Contratar a dos o tres personas durante tres horas en estas épocas cuesta sostenerlo».
Monte Real comienza su horario de comidas a la una de la tarde y lo termina a las cuatro. Se mantiene gracias a la gente que acude durante las primeras horas de la mañana, ya que normalmente es a partir de las cinco de la tarde cuando la sierra empieza a dormirse poco a poco. «Estar en hostelería es muy sacrificado. Voy adaptándome al trabajo y a la demanda de cada momento», confiesa.
Este mismo escenario comparte Lalo Hervías, dueño del bar y albergue Las Huellas, de Soto en Cameros, un pueblo de 81 habitantes a nueve kilómetros de San Román. En abril, se van a cumplirse seis años desde que Lalo decidió dejar la capital riojana para instalarse en Soto en Cameros y abrir un negocio allí. «El local salió a subasta y me interesé. Quería vivir en un entorno rural y ahora tengo un trabajo con el que puedo subsistir, aunque a veces es difícil», admite.
Las complicaciones y un trabajo de esta índole en Las Huellas dependen de la temporada. «En Semana Santa la gente empieza a animarse, pero es en verano cuando realmente se nota», añade. Sin embargo, el bar soteño no ha dejado de abrir sus puertas en su horario habitual. Es a las diez de la mañana cuando Lalo empieza a poner en marcha la máquina para servir los primeros cafés del día. Así hasta las tres o cuatro de la tarde, y después de siete a nueve, más o menos. «Es la gente la que me marca el horario de cierre. Va por épocas», afirma. Informa María Aguirre Benito.
Cañas Bar restaurante La Casona
El pequeño pueblo de Cañas, ubicado entre Nájera y Santo Domingo, es conocido por su monasterio cisterciense de casi mil años de historia. Justo enfrente, se encuentra un negocio mucho más antiguo, pero igual de famoso en la comarca. Se trata de La Casona, un bar restaurante al que la pérdida de habitantes rurales no le hace ninguna mella.
Abierta a comienzos de siglo, La Casona es propiedad de María Rosario, una vizcaína que emigró a La Rioja para probar suerte en la hostelería. «En mi tierra era muy caro emprender, así que me vine a Cañas porque vi un local que me gustaba y justo habían construido un aparcamiento al lado», recuerda ella. «Hablando con el alcalde de entonces, me puso todas las facilidades para abrir», añade.
A pesar del paso del tiempo, el negocio no ha cambiado mucho y sigue en boga. María Rosario y su hija Jennifer –mano derecha imprescindible– trabajan durante todo el año. «En invierno, los almuerzos y las comidas, de menú, funcionan bastante bien; en verano, esto es un no parar de vermús, cenas y demás». Para que todo vaya sobre ruedas, madre e hija tienen la ayuda de entre cuatro o cinco camareros más, según la época del año. Lo que estimula la creación de empleo y el crecimiento del mundo rural.
María Rosario Sánchez Seara
Dueña de 'La Casona de Cañas'
«Cuando me canso, cierro una semana y listo», dice María Rosario. Mientras tanto, el boca a boca contribuye a que La Casona no pase épocas de vacas flacas. «Lo que más aprecian los clientes son las cocochas, las orejitas en salsa de tomate, los chipirones, el cordero guisado y el bacalao a la riojana, esto último sobre todo», detalla.
Gracias a sus buenas manos y precios, María Rosario cuenta con alegría cómo los domingos «la gente hace cola para comer aquí». De hecho, comparte esa pragmática filosofía de «si esto me lleva funcionando 25 años, sin descanso, para qué cambiar». Buena muestra de que en los pueblos se puede emprender. Informa Eduardo García
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Álvaro Soto | Madrid
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