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MARCELINO IZQUIERDO VOZMEDIANO
Sábado, 7 de enero 2017, 00:47
Decía Jesús Infante que un artista alcanzaba la madurez como tal cuando su estilo era inconfundible; cuando, pintara lo que pintara, el sello de sus pinceladas, de sus colores, de sus texturas no tenía otro dueño que no fuera él mismo. El 11 de mayo del 2016, a la edad de 89 años, falleció el pintor logroñés Jesús Infante Pérez de Pipaón, sin duda uno de los mejores acuarelistas españoles del siglo XX y referente cultural y artístico de su Rioja natal.
Premio Nacional de Acuarela en 1987 y Galardón a las Artes Riojanas 2001, entre otras distinciones, de Infante llegó a escribir el gran poeta José Hierro: «Infante es uno de esos pintores capaces de reducir la realidad a pura transparencia, a poco más de un poco de agua coloreada, y en la medida que sus colores se hacen fantasmales, desmaterializados, su arte alcanza más altas cotas».
Pero era Jesús Infante mucho más que todo eso: además de buena persona, fue un hombre del Renacimiento. Así, comenzó como escultor su carrera de fondo en las Artes modelando la piedra y el bronce; más tarde, experimentó con la pintura al temple, al óleo, al pastel... pero finalmente la acuarela se enamoró del artista riojano o, a lo mejor, fue la acuarela la que se enamoró de él. Nunca lo sabremos.
Es cierto que en su juventud, unida indisolublemente a la antigua Escuela de Artes y Oficios logroñesa, soñaba Jesús Infante con la Italia del . Idealizaba aquella época en la que el humanismo tenía como paradigma las artes y las ciencias, y a tragos largos disfrutaba del elixir de la pintura, de la escultura, de la anatomía, de la arquitectura, de la poesía... Sin embargo, la vida fue avanzando y, aunque siempre mantuvo fijo el rumbo, pronto aprendió Infante a administrar su ingenio y sus fuerzas a través de la acuarela, de la que fue un genio.
«La acuarela pura, sin blanco ni negro, sino por transparencias, es la buena acuarela -aseveraba con vehemencia-. La de Turner y Fortuny. Esa acuarela no es menor que el óleo».
Amén.
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