Secciones
Servicios
Destacamos
Barquerito
Martes, 17 de marzo 2015, 21:45
La corrida de Alcurrucén -dos primeros toros terciados, dos últimos bastante más serios- fue de pintas variadas. Parecía escogida. Castaño berrendo el primero y también castaño pero chorreado el sexto, que fue el galán del envío. Cinqueño, abrochado pero engatillado, muy astifino, más carnes que ... cualquiera de los otros. Tres toros colorados: los dos del lote de Abellán y el segundo del de Padilla. A los tres les pegaron en el caballo muy a modo. Cuarto y quinto sangraron hasta la pezuña, y el cuarto, que sembró de charcos de sangre la arena, se acabó echando mientras Padilla apuntaba en los medios con la espada. El quinto no dejó pasar a Abellán con la espada.
-Valencia. 5ª de feria. Casi media plaza. Fresco, nubes y claros.
-Seis toros de Alcurrucén (Pablo, Eduardo y José Luis Lozano). Corrida de hermoso remate y distintas pintas. Cinqueños primero y último. Abantos de salida, pero con fijeza en el último tercio. El segundo fue el de mejor nota; el tercero, en estilo distinto, dio juego. Bondadoso el primero, muy castigado en el caballo, como el cuarto, desangrado. De más a menos el sexto. Brusco el quinto
-Juan José Padilla, saludos y silencio tras un aviso. Miguel Abellán, vuelta al ruedo y silencio. Diego Urdiales, saludos tras un aviso en los dos.
El segundo fue de espectacular pinta. No solo colorado claro -casi melocotón- sino berrendo y, como decían los clásicos, cinchado. La mancha blanca como una cincha o gran cinturón. Los toros cinchados son siempre bragados. Lavado de cara, lucero en rubio -una rareza-, rabicano y calcetero, ojo de perdiz, morrillo de pelliza frondosa, corto de manos, redondito, pitones acaramelados: un cromo. Corretón y abanto de salida, galopadas sueltas sin que Abellán se decidiera a sujetarlo ni a contrariar su querencia, sino que pareció dejar al toro calentarse a su aire.
Fríos de partida fueron casi todos, pero este segundo, más. Se fue del segundo muletazo en busca de la querencia, el tercio de sol. Ahí, corrido, había cobrado del picador de puerta una dura vara, y ahí también se indispuso entre distraído, asustado y a la espera en banderillas. A pesar de todo eso, acabó siendo en la muleta fue el de mejor son de la corrida. Elástico, fijo en el engaño. No demasiados ímpetus para lanzarse, pero embestidas humilladas. No fue tanto cuestión de convencerlo como de saberlo enganchar y vaciar. Eso lo hizo con suficiencia y oficio Abellán, pero solo por la mano derecha. Se calentaron lo justo toro y torero, pero un semidesarme fue un borrón. Una buena estocada.
La corrida trajo, además, un toro negro mulato y listón, gironcito -una mancha mínima en una axila. Fue el tercero de sorteo y el primero en romper la tónica imperante: descolgaron y humillaron los dos primeros, y el primero lo hizo hasta exageradamente porque era corto de cuello, y este tercero, en cambio, más flexible la gaita -el cuello-, llevó la cara a media altura y hasta pegó al rematar viaje más de un zarpazo.
Toro de más a menos: imperativo en los preciosos muletazos de horma con que Urdiales abrió faena, fijo en cuanto se sintió ahormado, pero algo remolón a partir de la docena y pico de viajes. Le costó empujar al toro, pero en la cuarta tanda se echó el torero de Arnedo la muleta a la izquierda y lo obligó en cinco pases de espléndida factura: la firmeza, el regusto, la despaciosidad, la pureza de la suerte cargada y ligazón auténtica. Fue el momento mejor de toda la tarde.
Protestó luego el toro -el gatillazo a final de viaje- pero Urdiales insistió sin duelo. Bonita faena: su temple y su resolución. La banda la subrayó con una notable versión del Cielo Andaluz, de Pascual Marquina. No entró la espada hasta el segundo intento y no hubo más premio para Diego que el de dejar su firma en esta fiesta, que vino por cierto a torcerse con el sangrado del cuarto de corrida, que Padilla recibió con dos largas cambiadas en tablas. Chicuelinas, una brionesa de remate antes de llevar galleando al toro al suplicio de un puyazo severísimo. Tres pares certeros de banderillas, una apertura tórrida de faena -de rodillas, por alto y a golpes- no pareció la medicina adecuada. Se paró el toro, entre rendido y afligido.
El primero de la tarde, de mucha bondad, castigado por dos puyazos traseros abusivos, se apagó en la muleta, y Padilla, muy gruñón, se metió entre pitones, se desplantó, se puso de perfil y tuvo el mérito de acoplarse al rebrincado ralentí del toro, que duró muy poco. Una estocada muy tendida y atravesada. El quinto no levantó el ambiente dejado por el cuarto. Deslumbrado, fue el más brusco de los seis pero, luego de eso, se vino a apagar. Abellán no lo vio con la espada.
En su segundo turno volvió a hacerse sentir el buen estilo de Urdiales. Solo que este sexto toro, la cara arriba siempre, irregular condición - un viaje sí, pero no el siguiente, y así varias veces-, no pudo llevarse tanto mimo como el tercero. Sí una faena seria, de firmeza absoluta, buen aguante y estupendo pulso. Con la mano izquierda de nuevo apareció el Urdiales clasicista: engaño planchado y pequeño, el vuelo exacto, la colocación. Pero no quiso el toro más que lo justo.
¿Ya eres suscriptor/a? Inicia sesión
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
98 puntos Parker: ¿Cómo funcionan las puntuaciones de los vinos?
El Norte de Castilla
Publicidad
Publicidad
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.