El éxito de un secreto
DIEGO CARCEDO
Viernes, 6 de noviembre 2015, 13:10
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DIEGO CARCEDO
Viernes, 6 de noviembre 2015, 13:10
Cuarenta años atrás por estos días la Guerra Fría alcanzaba sus momentos de máxima tensión, el mundo se estremecía temiendo que en cualquier momento saltara la chispa que iniciase una nueva contienda de magnitudes universales y en España, el general Franco que durante tanto tiempo ... había gobernado con mano de hierro, agotaba las últimas semanas de vida. El sopor de la preocupación de las autoridades del Régimen por el final del caudillo, aquel seis de noviembre se vio sobresaltado por una noticia tan inquietante como inesperada: estaba fechada en Rabat y simplemente anticipaba que el Rey Hassan II anunciaba la iniciativa de que una masiva manifestación pacífica de marroquíes avanzase por el desierto y cruzaran las fronteras del Sahara Occidental, a la sazón colonia española, y la ocupasen simbólicamente en nombre de su país.
En los primeros minutos, la noticia fue recibida con sorpresa e incredulidad. La incredulidad se disipó en cuanto comenzaron a conocerse detalles de la firme determinación del Monarca alauí y de lo avanzados que estaban los preparativos para que la manifestación, a la que enseguida se bautizó como Marcha Verde, echase a andar. La sorpresa, cuatro décadas después aún sigue sin disiparse. ¿Cómo era posible que el Gobierno marroquí mantuviera en secreto durante tanto tiempo una iniciativa tan próxima que requería una planificación y una organización tan compleja? El fracaso de los servicios de información del Régimen español, que tenían en Marruecos su principal foco de atención, había sido antológico. El propio Franco y sus generales más próximos siempre habían alardeado de su conocimiento y experiencia africanista.
La descolonización del Sahara, la última colonia del ya desintegrado imperio español, hacía algún tiempo que era motivo de discordia no sólo entre España y Marruecos; también los otros vecinos del Sahara Occidental, como era reconocido internacionalmente, Argelia y Mauritania, estaban interesados en su solución y, a pesar de que sus pretensiones sobre el futuro del territorio eran diferentes, en aquellos momentos daban cínica preferencia a la hermandad árabe que compartían para hacer frente a la potencia ocupante europea que, al igual que hacía Portugal con sus colonias africanas, se seguía aferrando a un dominio que la propia ONU ya había aceptado como territorio a descolonizar e instaba continuamente a España para que no lo siguiese demorando. De hecho es lo que el Gobierno español seguía haciendo desde hacía tiempo valiéndose de diferentes subterfugios para impedirlo.
El Sahara, una región tan extensa como desértica y despoblada, ofrecía a sus copantes, además de valor estratégico pensando en la defensa de Canarias, dos fuentes de riqueza importantes: el banco de pesca sahariano, vital para la flota pesquera española, y los importantes yacimientos de Fosfatos de Fos-Bucraa, en cuya explotación España había hecho fuertes inversiones. Para resistir la presión descolonizadora oficial, a la que se sumaban todos los países africanos recién independizados, el Gobierno de Franco difundió investigaciones históricas que pretendían demostrar su vinculación con España, dividió el territorio en dos provincias a las que concedió un estatus similar a las españolas tradicionales, incorporó a las Cortes orgánicas a una representación de ambas y hasta acabó proponiendo darle la independencia, bien es verdad que una independencia tutelada, más teórica que efectiva a la que tanto Marruecos como Argelia y Mauritania se opusieron.
Marruecos no sólo veía a España como el enemigo de sus pretensiones sobre el Sahara; también contemplaba a los otros días pretendientes, especialmente a la vecina Argelia, y la Marcha Verde fue la astucia de que Hassan II se valió para dejarlos a todos sin capacidad de reacción. Cuando la Marcha Verde echó a andar, sus imágenes enseguida dieron la vuelta al mundo y se ganaron la simpatía de muchos pueblos, especialmente del Tercer Mundo y, con reticencias ante la sospecha de que los Estados Unidos respaldaban a Marruecos, también el bloque comunista del Pacto de Varsovia. Los militares españoles desplegados en el territorio, estimulados por la visita del entonces Príncipe de España, Juan Carlos, que por segunda vez desempeñaba las funciones de Jefe del Estado, a El Aaiún donde les arengó, actuaron con diligencia y profesionalidad. Se trata de una oficialidad joven, muy distinta ya de la generación de mandos africanistas, que comprendía que aquello que se venía encima no podía ser frenado a tiro limpio pero que su obligación era defenderse.
La Marcha Verde con más de trescientos mil participantes, era impulsada por la exaltación que les había insuflado la propaganda oficial pero en ningún momento pusieron en riesgo la condición pacífica que el Rey había prometido. Las tropas españolas minaron las zonas fronterizas y llenaron de avisos sobre el peligro de cruzar y se aprestaron a defender el territorio, habitado como argumentaban las autoridades coloniales por personas portadoras de un DNI similar al de los nativos de Madrid o Sevilla, pero sin precipitarse a usar las armas, valiéndose de métodos de disuasión que Madrid debería rematar a base de negociaciones. Fue de hecho como se desarrollaron los acontecimientos: tras un pacto logrado con fórceps unas semanas después los militares españoles abandonaban el Sahara pero de hecho los problemas en el territorio sólo acababan de empezar.
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