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El grupo daba los primeros pasos entre casas en ruina. «¿Quién vivía en esa?», pregunta casi retóricamente José Ángel Lalinde, archivero parroquial y guía. Angelines González asentía con emoción. Su madre, Petra Cordón, fue la última en marchar con su familia en diciembre de 1974. «Con tristeza, sin ganas de abandonarlo, como muchos otros buscaron el futuro en otros lugares», recordaba.
Dentro del año de actividades con los que la parroquia de Arnedo conmemora el 50 aniversario de la despoblación de Turruncún a mediodía de ayer se desarrollaron dos de sus citas centrales: un paseo por las ruinas del pueblo y una romería con misa en honor a sus patronas, las santas Nunila y Adolia.
«Pastores arnedanos comenzaron a venir con sus rebaños a la zona. Para no ir y volver cada día a Arnedo, las familias se agruparon y construyeron una iglesia en el monte Cabezo, corrales y chozas y aprovecharon las fuentes para acondicionar agua para regar fincas», relató al grupo Lalinde, autor del libro 'Turruncún, el rescoldo entre las cenizas', sobre el origen del pueblo en el siglo XIII.
La primera parada de los visitantes fue en lo que queda de la casa de Eustaquio. Tuvieron luz eléctrica a partir de los años 30 del siglo pasado, teléfono en 1961, una primera escuela en el ayuntamiento, a la que acudía Angelines, y una nueva en la que doña Ramos Rodríguez, de Ajamil, fue la primera profesora...
Se adentraron encontrando la ruina de la casa de Eustaquio. Una adosada a la iglesia era la de Milagros y otra la del 'americano'. «Esa es mi casa», señala en esa zona Ernesto. Los recuerdos reconstruían los últimos años de Turruncún, que llegó a superar los 300 habitantes, brindaban en el bar Pili y lamentan que los ocupas que llegaron en el año 2000 desmontaran las vigas de las casas para venderlas. Ahí comenzó su hundimiento definitivo. «A finales del XIX y principios del XX comenzaron a explotar minas. Pero no eran de la calidad y cantidad que se esperaba y lo que parecía la salvación de Villarroya, Turruncún y Préjano fue su puntilla... y la gente comenzó a emigrar a otras ciudades e incluso América –analizó Lalinde–. Pero la definitiva fue cuando el Icona compró pueblos de La Rioja y de las Tierras Altas de Soria para plantar pinos. Pagó 6 millones de pesetas a principios de los 70... y se despoblaron y abandonaron».
En la misa, el párroco Javier Martín llamó a que Arnedo incorpore a Turruncún a sus celebraciones. Varios hablan de crear una asociación. Hay futuro.
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Álvaro Soto | Madrid y Lidia Carvajal
Javier Campos | Logroño
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