Llegó el día grande de las fiestas, el de Santo Domingo de la Calzada, y con él también los pronósticos que auguraban un descenso a los inviernos de la primavera, cálida veinticuatro horas antes. «¿Saldrá el Santo?», se preguntaban muchos en las jornadas anteriores. En esas dudas estaban también ayer, durante la eucaristía oficiada por el obispo Carlos Escribano y cantada por la coral Santísima Trinidad, hasta que el párroco, Francisco José Suárez, mandó al exterior al prior de la cofradía del Santo, Florentino Rodríguez, y al secretario de la misma, Julián Velasco. Como en ese momento llovía algo se anunció que no habría procesión. Como mucho, la imagen del Santo saldría hasta la puerta y sería agasajada por la Coral Calceatense y la banda municipal de música, que interpretaron 'Voces se elevan al cielo', y por gaiteros y danzadores.
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Y eso hicieron, dándose la circunstancia de que durante ese lapso de tiempo no cayó ni una gota. Así que, donde dije digo, digo Diego, y se ordenó a la procesión que avanzara. Eso hizo. A la sombra de la imagen, numerosas autoridades, entre ellas el presidente del Gobierno de La Rioja, José Ignacio Ceniceros; los consejeros Begoña Martínez y Carlos Cuevas; el alcalde, Agustín García Metola, y representantes de los diversos colectivos acogidos al patronazgo del Santo, cofradías y cuerpos y fuerzas de seguridad.
Apenas diez minutos después, a la altura de la casa de la cofradía del Santo, empezó a llover. «Serán cuatro gotas», dijo alguien. Acertó, en parte: cuatro, luego otras cuatro y después bastantes más. Así las cosas, los organizadores de la procesión volvieron a tomar otra decisión: darse la vuelta. Dicho y hecho, un 180º y arreando hacia la catedral, lo que generó, además de una situación un tanto caótica en la calle Mayor, dada la cantidad de gente que se agolpaba en ella, la curiosa imagen del Santo por delante de los danzadores. Una vez en el templo se acabó la procesión, dándose a besar las reliquias de Santo Domingo. El prior de la cofradía, Florentino Rodríguez, se mostraba apenado y también resignado, ante lo inalterable: la meteorología. «Al menos el Santo ha llegado hasta su casa», se consoló.
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