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Puede resultar insólito que los logros de las leyendas deportivas pasen desapercibidos para el gran público. Pero es que hasta en eso es extraordinario Jordi Corominas. El mejor alpinista español de la historia, nacido en Barcelona en 1958 y criado en Calahorra, recibirá el próximo mes de diciembre el Piolet de Oro a toda una trayectoria, el mayor premio al alpinismo mundial. La discreción con la que ha llevado sus expediciones hará seguramente que muchos calagurritanos se sorprendan con la noticia al leer estas líneas. No es ninguna sorpresa, sin embargo, en el mundo de la escalada, en donde el mismo Kilian Jornet, un fenómeno de las carreras de montaña, se refería a él como «'el jefe'» al conocer la noticia.
En el Club de Montaña de Calahorra, del que por cierto su padre fue fundador en 1978, el reconocimiento internacional tampoco, evidentemente, ha pasado desapercibido. «Es que es un tío majo, muy válido y muy importante en la montaña», resume Rosa Gil, quien fuera hasta no hace mucho presidenta de la asociación y quien compartió con Jordi y su padre Francisco muchas ascensiones.
En el club de montañismo de su juventud no pueden estar más «orgullosos» de tenerlo como referente. «A nadie le dan un Piolet de Oro así porque sí. Si se lo dan por su trayectoria es porque ha conseguido cosas muy difíciles, que igual yo ni sé», valora Rosa Gil, aludiendo también al 'secretismo' con el que ha llevado muchas de sus hazañas.
Una de las más importantes fue en 2004, cuando llegó en solitario y sin oxígeno artificial a la cumbre del K2, en la cordillera del Karakórum. «Eso no lo hace cualquiera», remarca Rosa, que recuerda con una sonrisa cómo, en Calahorra, «cuando íbamos a la radio para hablar de algo del club de montaña, siempre le decía que 'no se sabía vender bien'».
El que Jordi Corominas dedicase su vida al alpinismo casi era una predisposición genética. Sus padres, Francisco e Isabel García, eran dos apasionados de la montaña, cuyos valores inculcaron a sus dos hijos desde muy pequeños. De hecho, la familia conserva una preciosa colección de fotografías, que ha compartido con este periódico para este reportaje, en las que se puede ver a Jordi disfrutar junto a sus padres de los paisajes de los Pirineos siendo todavía un bebé. «Mi madre se hizo una especie de mochila para llevarlo a la montaña de pequeño», cuenta Rosa Corominas, hermana del alpinista, y quien actualmente reside en Logroño, al igual que su padre.
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La familia se instaló en Calahorra desde Barcelona a finales de la década de los 60. Francisco se dedicaba a la reparación de maquinaria de calzado y le salió una oportunidad laboral en la fábrica Aguirre de la localidad, que le llevó a cambiar Cataluña por La Rioja. «Siempre hemos sido un poco los 'raros'», confiesa Rosa. «Ahora no se notaría tanto el cambio de Barcelona a un pueblo, pero entonces a la gente le extrañaba que mi madre, por ejemplo, llevase pantalones o que nos llevasen tan pequeños los fines de semana a la montaña», cuenta.
En Calahorra, Jordi comenzó a despuntar y a compartir sus conocimientos. Lo hacía además con otros chavales del club de montaña en un muro que utilizaban para entrenar en la plaza de la Verdura. En La Rioja dejó también su impronta abriendo nuevas vías de escalada en Arnedillo. «Siempre estaba haciendo deporte. De hecho, tenía una barra en la puerta de la habitación para hacer ejercicio», dice su hermana. Desde Calahorra, también «se hicieron varias expediciones para ir a la India, al Himalaya.., y recuerdo que íbamos a las fábricas de conservas y a las empresas para pedir que nos ayudaran», rememora Rosa Gil por su parte.
En 1991 Corominas hizo su primer ochomil en el Dhaulagiri y recibió la medalla al mejor deportista de La Rioja. Llega aquí un punto de inflexión y decide instalarse en el Valle de Benasque para ser guía de alta montaña. Después, y siempre con los mínimos medios, llegaron las rocas del oeste americano, el hielo de las Rocosas canadienses o los últimos corredores del África tropical. «No para. Ahora está en Sudamérica, mañana en Suiza...», afirma su hermana, que tiene claro que lo que realmente es importante para él es que «la montaña es su forma de vida». Además del Piolet de Oro a la trayectoria, en 1994 compartió otro de estos premio con Simón Elías por el ascenso a Kundalini.
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