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EDUARDO GÓMEZ
Domingo, 18 de noviembre 2007, 01:58
El Puente de Hierro, que también es conocido como el de Sagasta, pues es una prolongación de la calle de Sagasta y además lo trajo a Logroño el ilustre político torrecillano.
Entendiéndolo así, hace algunos años se trasladó la figura de bronce del nominado, que estaba situada desde 1890 frente a la fachada del Instituto que lleva su nombre, sobre un elevado pedestal, hasta el final del puente en el cruce con la carretera de Laguardia, justo enfrente de las Bodegas Franco Españolas. Allí estuvo hasta que una noche alguien que no comulgaba con la historia del personaje le arrancó la cabeza y la tiró al Ebro. Afortunadamente, el artista riojano Jesús Infante, nuestro magnífico acuarelista, que también es un maestro como escultor, consiguió una réplica y quedó tal como puede contemplarse en el lugar donde actualmente está colocada la figura, en los jardines de la fachada este del instituto.
El puente llevaba unos cuantos años al que le venía bien aquello de «que el uno por el otro, la casa sin barrer» y nadie se hacía cargo de las reparaciones. Parece ser que ya se han puesto de acuerdo y que el Gobierno de La Rioja va a acometer las oportunas obras que lo van a dejar como nuevo. Como cuando, gracias a la intervención de Sagasta, llegó a Logroño alterando su destino que era como puente ferroviario, como claramente se aprecia, a otro punto del país. Fue construido por la empresa catalana la Maquinista Terrestre y Marítima por 910.000 pesetas en números redondos. Hoy darían mucho mas como chatarra. Se inauguró el 18 de diciembre de 1882. El puente necesitó un suplemento para cubrir el espacio necesario entre una y otra orilla, creándose el que hoy hay hecho de obra sobre la carretera, ahora calle de San Gregorio. De este tramo se recuerda que en una ocasión se quedó dormido sobre el petril un individuo llamado Renato Pascual, que se cayó y tuvo que ser hospitalizado. No le extrañe al lector el que recordemos el nombre, pues era primo del firmante.
El Puente de Hierro, en su primer tramo, que cubría una extensa zona baldía, sirvió durante muchos años para dar techo a quienes se cobijaban en chabolas hechas con hojalatas y cartones, creando una zona de chabolismo muy frecuentada, por donde daba grima pasar. Entre la pestilencia de aquel abigarrado espacio, el Ebro Chiquito que pasaba justamente al lado y que servía de cloaca a varias alcantarillas de la ciudad y algunas industrias que había en las inmediaciones, la atmósfera que se creaba era como se puede suponer.
Minipolígono industrial
Tanto a un lado como a otro del puente había numerosas industrias, hasta el punto de que, salvando las distancias, podría decirse que constituía un minipolígono industrial Entre ellas había una de secadero de pieles, estaba también Lejías Garduño, había otra de recauchutados y una fábrica de cola, cuyos 'perfumes' sobrepasaban a los que emanaban del tostadero de cafés El Pato, que estaba justo a la entrada del puente. Estaba la fábrica de muebles del najerino Julio Galarreta, otra de cepillos, garlopas, gramiles y diversas herramientas para trabajar la madera del ezcarayense Justo García, conocido como el 'sordo' y había una señora que le llamaban 'Seronera' porque hacía serones de esparto y esteras que servían de alfombras en las entradas de los pisos. A la izquierda del puente había varias ebanisterías, entre ellas la de Luis Ganuzas, José Borras y la del 'Pincha', creador del comercio Muebles Castilla. Se recuerda a un fabricante de botas y la chatarrería de Espinosa. Cerca de este espacio en torno al puente, adosados a la iglesia de Santiago estuvieron la fábrica de sacos de Marcos Eguizábal, la de Muebles González y otra de persianas de madera.
Muy cerca, junto a la carretera, estaba la fuente de San Gregorio muy visitada en verano por los vecinos de la Ruavieja que bajaban a llenar los botijos. Dotada de unos largos abrevaderos, allí iban a apagar la sed las caballerías antes de ir al laboreo del campo. Tenía un lavadero, bajo un cobertizo y en sus aguas sumergían pescadores profesionales grandes cajones de malla, que les llamaban guardaderas, con los cangrejos que pescaban y que luego vendían en la puerta de la Plaza de Abastos y en la Plaza del Mercado, junto a la Redonda.
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