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TOMÁS GARCÍA YEBRA
Sábado, 19 de junio 2010, 02:47
Un comunista beligerante y un ateo que se atrevió a interrogar a Dios por qué permite que haya tanta violencia, rencor y desamor en un mundo que Él mismo creó. José Saramago, de 87 años, falleció ayer en Tías (Lanzarote), su lugar de residencia desde 1991. Aquel año, harto de las críticas, desplantes y desprecios que recibió en su país tras la publicación de 'El Evangelio según Jesucristo', hizo las maletas, se agarró al brazo de su esposa y traductora, la granadina Pilar del Río, y cruzó la frontera. Ahora, cuando llegue al cielo, se verá cara a cara con Dios. Y seguro que no se arruga. Le dirá -como siempre hizo- lo que piensa sobre «la triste condición humana». Y a Dios, como es inteligente, le entretendrá charlar con una persona que le replica, le contradice y se le sube a las barbas.
Saramago recibió el Premio Nobel de Literatura en 1998. Fue el primer autor portugués en obtenerlo. Su país intentó reconciliarse, pero él, que ama a su pueblo y a su tierra, desconfía de las autoridades. En realidad, desconfía de cualquier autoridad, sea civil o eclesiástica. «El poder mancha», era una de sus frases favoritas. La otra: «Déjate llevar por el niño que fuiste». El escritor, que murió de un fallo multiorgánico tras luchar durante años contra una leucemia, será incinerado en Portugal.
A partir de las seis de la tarde se abrió la capilla ardiente en la biblioteca de Tías, que lleva su nombre. El Gobierno portugués trasladará hoy los restos mortales en un avión y celebrará un funeral de Estado. Una parte de sus cenizas serán enterradas junto a un olivo de su casa, en Tías, y la otra en Azinhaga, su pueblo natal. Tras un Consejo de Ministros extraordinario, el gobierno de su país ha declarado tres días de luto nacional.
Según sus familiares pasó una noche tranquila y desayunó con normalidad. A mediodía, mientras conversaba con su esposa comenzó a sentirse mal y poco después falleció. Una vez le preguntaron en quién le gustaría reencarnarse si volviera a vivir. «En mí mismo, pero no por mí, sino por volver a estar junto a Pilar».
Escéptico
Fue un hombre con una mala salud de hierro. Un escritor que no creía en el ser humano, pero que se comprometió hasta el tuétano con aquellas causas que pudieran hacernos más generosos y menos cainitas. En 2008, tras sufrir una larga enfermedad respiratoria, volvió a la vida pública. La salud le traicionaba, pero lo que nunca le traicionó fue el sentido del humor.
Dos años antes, en 2006, sufrió un auténtico infierno, pues estuvo varios meses sin poder controlar un molesto hipo que le impedía dormir. Le recetaron unos cuantos medicamentos. Las medicinas no le arreglaron la situación y, por contra, le provocaron diarreas. «De casualidad cayó en mis manos -contó en aquellos momentos- un libro con remedios mágicos de esos que aconsejan las abuelas; el tal libro decía que lo mejor para el hipo es el vinagre». Sin mucha fe, Saramago se agarró a esa tabla de salvación y consiguió cortar el hipo en un santiamén.
Semanas más tarde acudió a un congreso de medicina en Galicia. Allí, ante 1.500 especialistas, proclamó a voz en grito que el mejor remedio para el hipo es el vinagre. Los ponentes soltaron una carcajada. «Al acabar la sesión se me acercó un médico y me dijo tímidamente que lo que había dicho era verdad. Amigo mío, ¿qué me va a contar usted a mí?», le respondió el escritor.
El intelectual más visible de la izquierda nació en un pequeño pueblo, entonces un villorrio, Azinhaga, en el centro de Portugal, junto al Tajo. En 1924, cuando tenía dos años, sus padres emigraron a Lisboa y le llevaron con él. «El núcleo sobre el que se sustenta toda mi existencia está en Azinhaga; en cuanto llegaba de la ciudad y me quitaba los zapatos, sabía que otro mundo me estaba esperando, entre los pájaros, los animales y toda aquella tierra con la que siempre he mantenido una relación muy profunda», recordaba cuando escribió 'Las pequeñas memorias', su único libro autobiográfico.
«Todo lo que soy se lo debo al pueblo en que nací», decía. «Lo único importante de mi vida sucedió en los primeros catorce o quince años de mi vida. Lo demás no importa». Y lo que sucedió, sobre todo, fue una toma de conciencia con la penuria de las gentes que veía a su alrededor. El autor de 'La caverna' abandonó los estudios a los 16 años. Trabajó de cerrajero en varias empresas. A los 25 años publicó 'Tierra de pecado', su primera novela, que pasó sin pena ni gloria. Estuvo 18 años «entrenando» la mano hasta que se atrevió con su segunda novela, 'El año de 1993', que tampoco despertó pasiones. Pero a la tercera fue la vencida. Con 58 años publica 'Alzado del suelo' y con 60 'Memorial del convento', que le consagran como un gran novelista.
Escándalo nacional
Luego vendrían otros títulos, entre ellos 'El Evangelio según Jesucristo', una biografía atípica de Cristo que escandalizó a las mentes bien pensantes, dentro y fuera de su país. Su última novela 'Caín', publicada el año pasado, también levantó ampollas. Nada más salir a los escaparates se convirtió en uno de los libros más vendidos. «Dios es el silencio del universo y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio», viene a resumir Saramago su relación con la divinidad. Con el poder no mantiene mejor nacional. «Las multinacionales nos manejan como títeres: manipulan nuestros gustos, nuestras creencias y nuestros deseos; son como Satanás con la cara de Papa Noel».
Uno de sus libros más bonitos -y menos conocidos- es 'Viaje a Portugal', una perfecta guía para recorrer las tierras lusas. Saramago admiraba profundamente el 'Viaje a la Alcarria' de Cela. «Lo que yo he escrito se puede tildar de entretenido, lo que escribió Cela fue un milagro». Además de novelas y relatos cultivó la poesía, el teatro y las crónicas, reportajes y artículos periodísticos. Tampoco le hizo ascos a Internet, donde alimentaba un visitadísimo blog. Era doctor honoris causa por más de diez universidades y atesoraba numerosos premios y reconocimientos.
Escritor reflexivo y denso, sólo dos de sus novelas se llevaron al cine. En 2002 el suizo George Sluizer hizo una versión televisiva de 'La balsa de piedra'. Fernando Meirelles adaptó en 2008 'Ensayo sobre la ceguera'. Y está pendiente de estreno 'Embargo', dirigida por el portugués Antonio Ferreira y basada en un cuento del Nobel.
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