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J.S.
Viernes, 7 de julio 2006, 02:00
De este modo tan pragmático, tan sagastino, reconocía públicamente Práxedes Mateo Sagasta su pertenencia a la masonería y, al mismo tiempo, abjuraba de ella. El testimonio corresponde a un debate parlamentario mantenido en 1984 entre el entonces jefe de Gobierno y el diputado carlista Vázquez de Mella, que hábilmente consiguió arrancar tal confesión del político progresista.
El episodio fue recordado ayer en Logroño por José Antonio Ferrer Benimeli, presidente del Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española (CEHME), durante la conferencia inaugural de su XI Simposio Internacional. Decenas de profesores e investigadores universitarios asisten hasta mañana a dicho congreso, que trata precisamente sobre la masonería en la época de Sagasta.
En el Parlamento de La Rioja, Benimeli hizo un interesante retrato del Sagasta masón combinando las luces y las sombras que caracterizaron esta faceta menos conocida del célebre riojano, ingeniero, periodista y político de gran influencia en su época. Fue «una de las figuras más ricas de la España del siglo XIX, sobre todo como líder del progresismo», reconoció Benimeli, sin embargo, añadió, «suele ocultarse que era masón».
De hecho, Sagasta fue uno de los diez jefes del Gobierno español entre 1868 y 1936 que fue masón. No están claras las circunstancias de su ingreso, que para Benimeli «tuvo más que ver con el prestigio liberal que daba pertenecer a la masonería que por estar dispuesto a involucrarse». Con todo y con eso, el llamado 'Hermano Paz' descolló también aquí: fue elegido Gran Maestre y Gran Comendador de la masonería en España en 1876 sólo por 21 logias y pronto buscó desarrollar los ideales masones de libertad, fraternidad, amor y respeto. Cinco años después, 'el Gran Oriente' contaba con 170 logias.
Durante su mandato, Sagasta fue el responsable de la redacción de una nueva constitución para la masonería en España bajo los principios de unidad, libertad y eludir las luchas políticas. En 1881, al acceder a la presidencia del Gobierno, dimitió de sus cargos «para no involucrar a las logias en su nueva responsabilidad».
Pero una vez fuera, Sagasta no tuvo problema en entablar amistad con el antimasónico cardenal Sancha, de Valencia, o en ingresar en la orden del Santo Sepulcro, cuyos estatutos se reformaron bajo su presidencia para incluir la prohibición de pertenecer a la masonería. Del mismo modo que no tuvo problema en renegar públicamente de su anterior condición. ¿O mintió?
Ese era Sagasta, genio y figura, el mismo que tiempo atrás exaltara sus convicciones masónicas entre sus hermanos: «Tiempo es ya -había proclamado como Maestre- de que el mundo profano conozca que no somos, como acaso cree, hombres reprochables y merecedores de la prevención con que nos juzgan, sino que, antes por el contrario, encarnados en nuestro espíritu los grandes principios de la institución masónica, nadie nos exceda en virtudes privadas y nadie nos gane en el cariño a la patria y en el respeto a la ley, en el acatamiento a la autoridad, en el inextinguible amor a la humanidad y en el soberano autor que la ha creado, el gran arquitecto del universo».
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