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MARCELINO IZQUIERDO.
Miércoles, 5 de abril 2006, 02:00
Tachado de loco a lo largo de la historia, protagonista de pliegos de cordel y coplas de ciego, en realidad su objetivo era derribar al Gobierno conservador del general Narváez, castigar su sanguinario régimen y vengar, entre otros 'mártires' del progresismo español, a su tocayo y paisano Martín Zurbano, el teniente general de Varea. Pero como el Espadón de Loja estaba siempre muy protegido por su guardia, temeroso de cualquier atentado, Merino decidió centrar sus iras en la joven monarca.
Atentado en Atocha
El 2 de febrero de 1852 Martín Merino acudió a la madrileña iglesia de Atocha con un puñal oculto bajo el hábito talar. La Reina Isabel II acudía a misa por primera vez tras alumbrar a su primogénita -la infanta Isabel de Borbón, conocida popularmente como 'La Chata'- y dar gracias por tan venturoso parto y fue al salir del oficio cuando Merino, uno más de los sacerdotes que pululaban por el lugar, se inclinó ante ella como si fuera a entregarle algún documento. Por sorpresa, el cura lanzó a la reina una puñalada que bien pareciera mortal de necesidad y sólo la actuación de la comitiva real impidió que el agresor le asestara otra cuchillada. La Reina cayó de espaldas, al tiempo que el coronel de alabarderos Manuel de Mencos se hacía cargo de la princesa recién nacida para protegerla. Esto le valió más tarde recibir el título de marqués del Amparo, que le fue concedido el 2 de septiembre de ese mismo año.
El gesto instintivo de protegerse con el brazo y las consistentes ballenas que armaban el corsé de Isabel II, amortiguaron la puñalada y dejaron en herida leve un golpe que pudo ser más grave.
El cura Merino fue detenido de inmediato, juzgado de forma sumaria y condenado a muerte. En los apuntes jurídicos de su causa ya se decía que «entre los papeles que le encontraron tenía uno con el epígrafe de La Conciencia, discurso de oposición al partido Narváez, que entre otras cosas decía que la declaración de la mayoría de S. M. envolvía la burla más sangrienta contra el Estado».
Se trata del libro La Conciencia, páginas escritas por el regicida Merino y publicadas por su abogado defensor, en la Imprenta de Miguel González, en 1854. El propio abogado afirmaba en el preámbulo de este opúsculo de 23 páginas que «las personas que entonces gobernaban la Nación no permitían que se hablase de Merino, su solo nombre los aterraba, así lo comprendimos, y por eso abandonamos nuestro propósito (...). Hoy las circunstancias han cambiado completamente, ya nadie se asusta de nombres». De hecho, el defensor sólo publicó la obra tras el triunfo de la Revolución en España, en 1854, conocida como la Vicalvarada y que puso fin al mandato de Narváez.
Fue entonces cuando se supo que uno de los motivos que impulsaron a Merino a atentar contra la Reina fue el «indigno» fusilamiento de Martín Zurbano. «Los siglos venideros mirarán como una aficción mitológica la sangre de un padre regando las cenizas de sus hijos, todos bañados voluntariamente en su propia sangre para crear el trono, de cuyas órdenes hicieron los ministros viniese su exterminio: no estaba aún cometida la falta y castigada con la muerte de los hijos, cuando los mayores enemigos de la reina sacrificaron a Zurbano que pudo ser culpable, pero nunca digno del fin que tuvo poco honroso por cierto para el reinado de Isabel II».
Muerte a los enemigos
En realidad, el cura Merino contra quien quería atentar era contra Narváez, pero dadas las medidas de seguridad en torno al presidente del Gobierno, volcó su ira hacia Isabel II, curiosamente más desprotegida. A Ramón María Narváez no le había temblado el pulso con sus enemigos, entre ellos el héroe de Varea. Como ejemplo, su frase más famosa: «No puedo perdonar a mis enemigos, porque los he matado a todos».
Mucho se habló de si Merino era, en realidad, la punta de lanza de un complot contra la monarquía, alentado por el propio duque de Montpensier, el gran conspirador. Fue «hijo de rey, cuñado de reina, padre de reina, mortífero duelista y eterno conspirador, fracasó en su empeño de sentarse en el trono de España», afirma el profesor Calvo Poyato. También se habló de una conjura masónica. Pero siglo y medio después no hay prueba alguna. «Señores, voy a decir la verdad como la he dicho toda mi vida. No voy a decir nada ofensivo contra la Reina. El acto que he preparado, es un acto exclusivamente de mi voluntad y no tengo cómplices, y sépase que ninguna conspiración ha tenido connivencia ni conexión conmigo», declaró Merino en el juicio.
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