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Ganarse la vida

RUBÉN LAPUENTE

Domingo, 29 de enero 2017, 00:30

Últimamente, mi terraza parece un degolladero. Un gato medio montés, de esos que renacen de una bolsa cerrada de plástico que tiran al río, aprovechando que el murete de piedra de mi casa es del mismo color gris que el de la piel de su tabardo, cada amanecer se calza ahí las alforjas de bandolero: desenvaina el relámpago de su navaja. Este sábado limpiando un reguero de sangre, barriendo negras plumas de pájaros, me decía yo, que como le cogiera, le iba a arrancar sus veinticuatro vibrisas de cuajo y de una en una.

Yo estaba por dejarle el balcón entreabierto con una lata de Whiscas de señuelo, que se me había pasado por la cabeza el tener por entre mis piernas, de mascota, ese largo ocho de su alma salvaje. Con esa tersura de su lomo, que parece tejido uniendo mechones de lana de oveja, de esos que se enredan en las púas de la alambrada de la montaña. Dejarle mi edredón, a cambio de oír su ronroneo virgen. Sacarlo a pasear por mi tejado, para verlo entrar luego por la claraboya del desván, borracho de licor de besos de plata que destila esa hermosa doble luna del embalse de Ortigosa.

Pero, hoy, muy temprano, sobre el alféizar del murete, al verlo por primera vez, al mantenerme unos largos segundos, ese arrogante uno azabache de sus ojos, yo tras el cristal, me reveló cómo debería uno ganarse la vida: que no le fuese nada fácil a nadie. Y pensé en mi hijo, y en tantos otros que han tenido que irse obligados, tan demasiado lejos.

Pero mira por donde, ahora, están aprendiendo a ser. Y al final, seguro que orgullosos de conocerse pero hasta la misma punta de la raíz de sus pestañas. Volverán sin miedo, como este gato medio montés, que por mí va a seguir en mi terraza toda la vida, desplumando pájaros.

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