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MIGUEL LORENCI
Martes, 16 de junio 2015, 01:14
Madrid. «Fue la batalla más sangrienta, cruel y brutal del frente occidental en II Guerra Mundial». Lo asegura Antony Beevor (Londres, 1946), que antes de abrir la caja negra de este infierno -casi 20.000 muertos en un mes en el barrizal helado de los bosques belgas-, hizo lo propio con 'Stalingrado', 'Berlín' y 'El Día D'. Publica en español e inglés 'Ardenas 1944. La última apuesta de Hitler' (Crítica). Sostiene que el Führer «lo apostó todo a un carta y perdió». «Su sueño se desmoronó en las Ardenas», asegura Beevor, que juzga «ridículo» afirmar que «Hitler fue un gran estratega», como sostiene el historiador sueco Christer Bergströn, autor de 'Ardenas, la batalla'. Destapa además las matanzas de prisioneros alemanes a manos aliadas, unos crímenes de guerra «silenciados por muchos historiadores».
«No pienso leer ese libro», asegura Beevor sin ocultar su desdén por la tesis de Bergströn. Para el británico, lo que ocurrió en Bélgica entre el 16 de diciembre de 1944 y el 29 de enero de 1945 evidencia la ineptitud como estratega de Adolf Hitler, que pretendía llegar a Amberes con un ataque relámpago en un órdago inútil que debilitó el frente oriental. «Era un plan loco, diga lo que diga el historiador sueco. Todos los generales alemanes se oponían. Sabían que era imposible, que incluso si alcanzaban Amberes hubiesen sido aplastados».
«Fue una lucha salvaje. Sabía que había sido tremenda, pero no calibraba el alcance de la barbarie», reconoce Beevor 70 años después. A las muertes en combate se suman «las matanzas de prisioneros, las bajas civiles -más de ocho mil, entre muertos y desaparecidos, y 23.584 heridos-, y la revancha alemana por los bombardeos aliados y la dura resistencia belga durante su retirada tres meses antes».
Hubo unas 80.000 bajas de cada lado, entre muertos, heridos y desaparecidos. Murieron cerca de 20.000 soldados, entre 8.000 y 10.000 por cada ejército contendiente. «Sobre estas cifras no hay discusión -apunta Beevor-, la dificultad está en las matanzas de civiles, con cifras mucho más altas si Estados Unidos no hubiera logrado evacuar a los civiles antes de los ataques», señala.
También las de los fusilamientos de prisioneros de guerra perpetrados por ambos bandos. «Todos sabíamos de las ejecuciones sumarias de prisionero americanos en Malmedy por parte de las SS, pero no se ha tratado la revancha americana en Chenogne, una matanza de al menos 70 prisioneros alemanes alimentada por oficiales y generales americanos como Bradley y que muchos historiadores americanos han esquivado», denuncia Beevor.
Los aliados jamás sospecharon lo que se les venía encima. Los generales Eisenhower, Bradley y Montgomery habían descartado un contraataque alemán por las Ardenas y los nazis silenciaron las comunicaciones por radio que 'Enigma' desvelaba siempre. Beevor cuenta cómo al único coronel de inteligencia que dio la alarma, B. Dickson, «jamás le hicieron caso y lo mandaron de vacaciones a París». La inteligencia aliada marró. «El instinto humano de los espías es buscar material que apoye su visión preexistente», apunta Beevor. «Los aliados no creían que Hitler estuviese en disposición de montar una ofensiva y la evidencia fue ignorada. Aunque los judíos alemanes sabían que los generales de Hitler hablaban sobre la ofensiva, la información se rechazó como una fantasía».
Tampoco los generales alemanes pudieron parar «a un Hitler obsesionado como en Stalingrado en 1942». «Sabían que la ofensiva estaba condenada al fracaso, pero contradecir al Führer se pagaba con la vida». Hitler había superado un atentado el 20 de julio «y se creía protegido por el destino. No habría escuchado a unos generales que tenía por cobardes o traidores», asegura Beevor.
El gran error alemán fue «minusvalorar la capacidad de reacción y resistencia de los americanos, y fue una estupidez». «Creían que Eisenhower debería hablar con Churchill y pedir permisos en Washington. Su desprecio por el ejército americano les indujo a pensar que no lucharían sin el apoyo la aviación, imposible en el bosque de las Ardenas, pero los americanos probaron su valentía».
Como en el frente ruso, «puede que el invierno matara más soldados que las balas, las minas y los obuses». Beevor describe escenas dantescas, con soldados congelados de pie y miles de cadáveres rígidos con las cuencas de los ojos vaciadas por los cuervos y rellenadas por la nieve. «Los heridos morían de frío en tres minuto de no ser atendidos». Como escribió Luis Simpson, poeta americano de la división aerotransportada 131: «En este frío la vida de los heridos se apaga como una cerilla».
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