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Thatcher, junto a Gordon Brown en Downing Street. :: REUTERS
El legado verde de Thatcher
MUNDO

El legado verde de Thatcher

La ex jefe de Gobierno promovió en la ONU la investigación climáticaLa Dama de Hierro lanzó en los ochenta las primeras alertas por el calentamiento global, que después Clinton llevaría a la política

ÍÑIGO GURRUCHAGA CORRESPONSAL

Domingo, 13 de diciembre 2009, 02:22

La idea de un calentamiento del planeta con potencial catastrófico como consecuencia de la acumulación de gases con efecto invernadero saltó a la política de la mano de demócratas en la Administración de Bill Clinton, pero la británica Margaret Thatcher fue el primer jefe de Gobierno de un país desarrollado en apadrinarla.

El testimonio de James Hansen ante un comité del Senado en Washington el 23 de junio de 1988 fue pionero. El director del Instituto Goddard para el Estudio del Espacio, dependiente de la NASA, presentó allí los primeros datos, recopilados un año antes, sobre la temperatura del planeta.

El senador Tim Wirth, que había mostrado interés por los gases invernadero y la estabilización de la población mundial, ha reconocido que recurrió a trucos para que el calentamiento fuese acogido con alarma. Consultó a la oficina metereológica para elegir el día más caluroso del año e hizo que el aire acondicionado no funcionase. Hansen fue invitado a Londres, donde ofreció su análisis en Downing Street a Margaret Thatcher. Encontró una audiencia receptiva porque la Dama de Hierro, que se había formado como química en la Universidad de Oxford, tenía entre sus asesores a un diplomático que ya había manifestado su interés por hipótesis medioambientales pesimistas.

Crispin Tickell escribió en 1977 un libro sobre cambio climático y fue el principal negociador para el acceso de Reino Unido a la entonces Comunidad Económica Europea. Su nueva preocupación tenía raíces en autores clásicos y contemporáneos.

Tickell ha publicado una biografía sobre Francis Galton, que elaboró mapas del tiempo en el siglo XIX y aplicó las teorías de Darwin a la especie humana, apadrinando, en la época del imperio, la eugenesia, o manipulación genética de la población para mejorarla. Es ahora miembro de la Fundación para una Población Óptima, que argumenta que la actual no es sostenible.

Otro de los miembros de la fundación es James Lovelock, el autor de la teoría de Gaia, aireada en el principio de los años setenta. Lovelock entiende el planeta como un sistema orgánico autorregulado y considera que todas las medidas actuales para la evitación de una catástrofe son inútiles.

Thatcher ya había nombrado en 1988 a Tickell como embajador en Naciones Unidas. Dos meses después de la presentación de las proyecciones alarmantes de Hansen sobre el calentamiento a un comité sudoroso del Senado americano, la Dama de Hierro, en el primer año de su tercer mandato, pronunció un discurso significativo. La Royal Society es la academia nacional de la ciencia y escuchó, en septiembre de 1988, un elogio de Thatcher al papel de la investigación científica en el desarrollo económico. La jefe de Gobierno se refirió exclusivamente al medio ambiente cuando pasó de la historia de las ciencias británicas a la situación contemporánea.

Batalla contra los mineros

En sus tres referencias -avances científicos y técnicos en la medicina, en la agricultura, en transporte y energía- subrayó aspectos negativos. El desarrollo de la medicina provoca el aumento de la población, la mejora de semillas y fertilizantes permite alimentarla pero vierte nitratos y metano, y los avances en el transporte y la explotación de combustibles fósiles han causado un vasto incremento de dióxido de carbono.

Thatcher había ganado en su segundo mandato la batalla con el sindicato de mineros del carbón y el programa de cierre de minas avanzaba inexorable en 1988. Un mes después de su discurso a la Royal Society aludió de nuevo al CO2 en la conferencia anual del Partido Conservador. Ante sus correligionarios, disertó sobre la moralidad del capitalismo liberal y sobre «nuevos y sobrecogedores peligros». En particular ,«la lluvia ácida, el efecto invernadero, una especie de trampa de calor global con consecuencias para el clima».

Por eso se comprometió a «reducir el uso de combustibles fósiles, que causan la lluvia ácida y el efecto invernadero». Y añadió algo que no había explicado en su discurso a la Royal Society. «Eso significa un uso seguro, sensato y equilibrado de la energía nuclear», dijo ante una sala que la aplaudía con entusiasmo. En ese mismo año, con el impulso del Gobierno británico y de Crispin Tickell, se creó el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC, en sus siglas en inglés), que ha sido fundamental en la creación del paradigma científico sobre la evolución del clima con capacidad catastrófica.

Otra institución de Reino Unido, la Estación Británica en el Antártico, había creado la alarma sobre el agujero en la capa de ozono, que se interpretó como causado por los clorofluorocarbonos, utilizados como refrigerantes. Margaret Thatcher acogió en 1989, en Londres, la conferencia mundial que discutió el proceso de cese en su producción.

Un año después, la primera ministra británica inauguró el Centro Hadley, que, en colaboración con la Unidad de Investigación del Clima en la Universidad de East Anglia, son, junto al Instituto Goddard en EEUU, los núcleos principales de la ciencia en la que se basan las predicciones del IPCC. Y Thatcher fue una de las pocas responsables de un Gobierno que asistió a la Segunda Conferencia Mundial del Clima, donde el IPCC presentó su primer informe, que aún planteaba dudas sobre el origen humano del calentamiento observado. «El cambio climático dentro de unos límites no tiene por qué ser un problema grave», dijo entonces la primera ministra.

El más notable ministro de Thatcher, Nigel Lawson, ha escrito un libro en el que trata de desmontar el catastrofismo sobre el cambio climático y lamenta la conversión del IPCC en un grupo de presión guiado por sus propios intereses.

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