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CULTURA

Reflejos de pintura

I. GIL-DIEZ USANDIZAGA

Jueves, 10 de abril 2008, 14:14

La personalidad creativa de Demetrio Navaridas Lacalle (1954, Cárdenas, La Rioja) es indiscutible. En los últimos años a través de diferentes exposiciones, una de las cuales se puede contemplar todavía en el Instituto Riojano de la Juventud, se ha puesto de relieve su faceta como profesor, mejor dicho como animador de la creatividad de otros más jóvenes. Pero si este aspecto es reseñable, quien conoce al artista sabe que 'Deme' nunca ha enseñado nada que no surgiera de su propia experiencia artística. Es Navaridas un artista en activo, una actividad arrolladora, arrasadora, que requiere del contraste con el público.

En la obra de Navaridas, variada en materiales, técnicas, formas e intenciones, existen una serie de constantes que subyacen tras tanta variedad. Una de estas constantes se encuentra en la búsqueda de sugerencias formales existentes tras la realidad visual. En el pasado, en la segunda mitad de los ochenta, ya utilizó las huellas en unas series realizadas sobre papel vegetal, así como en otras que empleaban el papel como soporte 'atacado' con ácidos y pigmentado con cromo. En fechas más recientes empleó el aerógrafo, centrándose también en la sugerencia de imágenes verosímiles. Esta utilización de procesos experimentales y la consentida aparición de sombras de la realidad le han permitido una gran riqueza de matices, recorriendo un camino siempre personal al margen de influencias externas.

En la exposición que ahora comento, Navaridas emplea procedimientos digitales. La impresión de imágenes diseñadas por ordenador sobre un soporte de madera permite al pintor llevar a gran escala algunas de sus ideas más ambiciosas. En principio, la imagen resultante vuelve a recordar aquello trabajos llevados a cabo con aerógrafo expuestos en la localidad de Laguardia. Sin embargo, si el punto de partida puede ser similar, las intenciones en este caso son distintas. La cantidad de tonalidades y la presencia de manchas de marcado carácter expresivo adquieren aquí un mayor protagonismo. A partir de la representación de un material flexible, que se dobla y que permite la superposición y la aparición de distintos planos visuales, incide la luz. Una luz imaginada por el artista, capaz de crear reflejos, de originar colores. El panorama propuesto es visualmente verosímil, podemos creer estar viendo alguna sustancia con estas características, pues en nuestro entorno las hay. Claro, hasta cierto punto. Desde ese sustrato de veracidad surgen volúmenes muy definidos, colores fantásticos y manchas inexplicables, y esto sólo es pintura. El soporte figurativo sitúa al espectador en un punto cero, en una nada sensible desde la que puede sumergirse en un universo de formas, colores y profundidades lumínicas plenas de sugerencia. Es este un planteamiento antiguo, propuesto en los años cincuenta del siglo XX. Las texturas, la materia, el microcosmos que nos rodea se convierte en un espacio de reflexión visual. Curiosamente, aquí sólo hay fantasmas, reflejos, gracias a la innovación tecnológica. Pese a ello, Demetrio se manifiesta como un pintor inmerso en esa tradición de la segunda mitad del siglo XX, defensor del matiz, la línea y la forma, del trazo; al fin y al cabo del lenguaje ilusionista. Los medios técnicos son eso, medios. El resultado se inscribe con coherencia en una búsqueda iniciada hace más de veinte años.

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